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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • En plena discusión

Hace 100 años, por estos mismos días, nuestros constituyentes estaban en plena discusión sobre el contenido de nuestra Carta Magna. Entre los primeros temas debatidos estuvo el título. El presidente Carranza proponía Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, mientras que un grupo del Congreso, acertadamente en mi opinión, sugirieron Constitución de la República Federal Mexicana. La primera propuesta era resultado de una manía por imitar al vecino del norte, que no correspondía en absoluto a nuestra verdad histórica. Allá las colonias se unieron en una federación; acá iniciamos como una sola colonia y la dividimos en estados. Al final, por una aplastante mayoría, prevaleció el deseo de quien era considerado —y así lo transcribe el diario de debates— “nuestro jefe máximo”. Quizá fue la primera mayoriteada del México post revolucionario.

Aquel breve periodo de paz dentro de las desordenadas y sangrientas revueltas que vivió el país entre 1910 y 1940 -me sumo a los que extienden el periodo hasta 1940 para imaginar que los logros del cardenismo son su consecuencia y así encontrarle justificación al desastre revolucionario-, además de más de un millón de muertes y varios mitos, nos dejó una nueva Constitución. En ella se plasman las ideas sociales, jurídicas y políticas de Carranza y sus aliados. Hay que decir que en el papel son impecables.

Ya unos años antes adelantaba sus aspiraciones al decir que el objetivo era “lograr una patria mejor ante el desequilibrio de cuatro siglos: tres de opresión y uno de luchas intestinas que nos han venido precipitando a un abismo.” Sería interesante saber qué pensaría don Venustiano del quinto siglo. Es poco probable que ocupara la expresión “no hay quinto malo”.

Y añadió: “Ya es tiempo de no hacer falsas promesas al pueblo y de que haya en la historia siquiera un hombre que no engañe y que no ofrezca maravillas…”

La importancia del discurso en el que entrega el proyecto de Constitución es que en él se encuentra el anhelo “imagino legítimo” de establecer un verdadero Estado de Derecho.

Sostuvo con tino que los legisladores de 1857 se conformaron con la proclamación de principios generales y no supieron llevarlos a la práctica, por lo que son fórmulas abstractas de gran valor especulativo de las que no se deriva utilidad alguna, elabora una severa crítica a cada una de las instituciones del Estado. Llama la atención cuando asegura que las entidades federativas han perdido o cedido su soberanía ante la federación, debido a la constante injerencia de los poderes centrales, la docilidad de algunos gobernadores y su excesiva ambición personal, así como crear desde el centro la existencia de cacicazgos. La idea central es loable y esperanzadora pues pretende “asegurar las libertades públicas por medio del imperio de la ley, garantizar los derechos de todos los mexicanos por el funcionamiento de una justicia administrada por hombres probos y aptos, y a llamar al pueblo a participar de cuantas maneras sea posible.” La vigencia del discurso es vergonzosa, reflejo fiel del desarrollo político, cultural y social del siglo.

Me despido con una frase del discurso, que por su sencillez llama a la reflexión: “No basta ser libre, hay que saber ser libre”. El país exige que aprendamos pronto.

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