imagotipo

De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • El otro Obama

La espesa bruma que acompañó la llegada del presidente vecino impide ver con claridad el futuro. Lo mismo sucede con el pasado. El primer beneficiado de la era Trump es Obama, pues el contraste entre ambos es enorme. Desde esa profunda cultura telenovelera que nos caracteriza es claro distinguir la maldad y ambición de Catalina Creel “Lets make America great again” (en ese deseo coincide con Lavolpe), con la inocencia y buen corazón de María Mercedes “pa servirle a usted” o “yes, we can”.

Existieron buenos momentos para México en los ocho años que duró la gestión de Obama, pero hay dos temas, nefastos en mi opinión, que no debemos olvidar.

MIGRACIÓN. En 2008 llegó a la presidencia con la promesa de un trato más humano hacia los indocumentados. También ofreció presentar “en tres meses” una reforma migratoria integral. No hizo lo uno ni lo otro. Una vez ganada la elección, el tema dejó de ser prioridad.

Entonces ambas cámaras tenían mayoría demócrata. Dedicó buena parte de su primer período a reforzar las deportaciones, instaurar controversiales programas como Comunidades Seguras –para proteger a los norteamericanos de traficantes y violadores hispanos– y, en general, a demostrar al Congreso que cumplía las leyes y deportaba a la mayor cantidad de personas. En resumen, su política migratoria fue un permanente doble discurso. Demostró que la solución del problema para él no era lo importante. Manejó los tiempos para medrar políticamente. Por ejemplo, anunciando el primer DACA (la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, por sus siglas en inglés; una medida que ampara temporalmente a menores de 16 años de ser deportados) poco antes de las elecciones de 2012, cuando él estaba por reelegirse.

JUSTICIA. El 2 de mayo de 2011 el abogado presidente celebraba: “Vamos a ser fieles a los valores que hacen de nosotros lo que somos. Y en noches como ésta, podemos decir, se ha hecho justicia.” La madrugada de ese día un comando de las fuerzas especiales del ejército entró sin autorización a cielo y suelo extranjero. Ejecutaron, sin palabras ni lectura de derechos de por medio, a un anciano desarmado frente a su familia. Tomaron fotos, se hicieron “selfies”. Luego, en secreto, lo envolvieron en una sábana, lo subieron a un helicóptero y lo tiraron al mar. Estamos hablando del temido monstruo y socio de varios americanos, Osama Bin Laden. A partir de ese momento, hemos consumido horas y horas de películas y series para justificar tal acción y las que siguieron.

No existe una forma más clara de explicar el concepto de debido proceso. Es exactamente lo contrario. No hay que olvidar que se trata de un derecho humano. La venerada quinta enmienda de la constitución americana establece que ninguna persona puede ser privada de la vida, la libertad o los bienes sin el debido proceso legal. Esto significa que toda persona debe ser notificada de los cargos y procedimientos en su contra y debe tener la oportunidad de responder a la acusación, de que todos los procedimientos judiciales se tramiten ante un tribunal, de una defensa, una audiencia para pruebas y una sentencia.

Aquel anciano árabe, que desde una cueva burló al sistema de defensa más sofisticado de la historia del planeta, jamás fue escuchado en juicio, desenmascarando con ello al Estado  que se autonombra la mayor democracia del planeta. Y pensar que miles de latinos pretendemos especializarnos en materias jurídicas y sociales en ese país. Es tragicómico. Tanto como otorgar el Premio Nobel de la Paz a Obama o que Trump sea Presidente.