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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • Sergio Arturo Valls Esponda
  • Mea Culpa

Es domingo, no quiero salir de la cama. Deseo prolongar mi sueño. Mi cuerpo sabe que ha descansado lo suficiente pero la pereza no es el motivo. Se trata de algo terrible: despertar a una realidad que humilla y avergüenza. ¿Quién quiere encontrarse con esos sentimientos, verlos de frente mientras me rasuro, sentirlos hervir en mi interior? Nadie. Por eso no deseo abandonar mi cómoda evasión.

La construcción del muro es una humillación a los mexicanos, sobre todo por la soberbia con que Trump asegura que lo pagaremos. La vergüenza es saber que tiene razón. Además del impuesto a los productos nacionales, que consumen en su mayoría paisanos. Basta con que cobre un arancel a los miles de mexicanos y latinos que van de shopping a California, celebran su aniversario en Las Vegas, ven la Fórmula Uno en Austin, pasan unos días en Miami, sacan fotos de los hijos en Orlando, esquían en Aspen o se reciben de intelectuales en Nueva York. Otra forma expedita con la que seríamos obligados a pagar es aumentar la carga fiscal de los millones de dólares que mexicanos, a quienes expulsamos del país por la pobreza material y la miseria jurídica que existe tras los muros de donde vive “la gente bien”, envían cada semana a sus atribuladas familias.

Mea culpa: pertenezco a una generación en que el más popular de la primaria era el que calzaba tenis gringos, llevaba chicles y chocolates que solo se conseguían de fayuca y su mochila presumía algún superhéroe con los colores de la bandera americana. Nuestros ídolos eran jugadores de los Cowboys, policías o detectives de programas norteamericanos. Recuerdo haber exigido a mi padre: me llevas a Estados Unidos o me cambias de escuela porque soy el único que no ha ido. Claro que habían muchos más; de hecho mi único amigo, Juan Pablo, tampoco conocía aquel país. Pero había que lograrlo a cualquier costo porque era un requisito para ser aceptado entre los “nice”.

No sin cierta vergüenza, recuerdo el orgullo que sentí al ser de los que inauguraronel primer McDonald’s del exDF, tras horas de fila, ingerí la insípida carne. Admito que memoricé antes el nombre de los integrantes de la Liga de la Justicia que el de los cadetes de Chapultepec, que mis hijos conocieron primero el castillo de Disney que la Pirámide del Sol, que Mickey Mouse les concita sentimientos más intensos que Miguel Hidalgo.

Aceptemos nuestra torpe manía imitadora. Desde el nombre del país (lo de Estados Unidos es una copia) el de instituciones como La Suprema Corte (en español lo correcto es Corte Suprema) la música, vestimenta y el modelo de vida en general. No porque copiar sea algo por fuerza negativo.El problema es cuando se acaba por aniquilar la identidad de una nación.

De política Trump no sabe nada. ¡Cómo se le ocurre cumplir sus promesas de campaña! ¿Nadie le dijo que un político respetable olvida lo prometido una vez sentado? Hace pocos años Obama al referirse a los migrantes, fue contundente: daría un trato basado en los Derechos Humanos y “en tres meses” presentaría una reforma migratoria integral. No hizo lo uno ni lo otro. Una vez ganada la elección, el tema se esfumó de la lista de prioridades. Ésos son los políticos con los que nos identificamos y que también copiamos.

Ya comprobamos que se puede ser un político diferente, para mal. Nos toca demostrar que se puede ser un ciudadano diferente, para bien. Más allá de portar símbolos patrios en nuestros teléfonos y tabletas americanas, hagamos un compromiso de honestidad y congruencia con nosotros mismos y frente a nuestras familias. Vale, me espabilo, me levanto, un poco de ejercicio y a planear la Semana Santa, qué tal visitar Guanajuato. ¿Donde estarán mis Nike?
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