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De Justicia y Otros Mitos

  • Sergio Valls Esponda

  • 1917
  • Sergio Arturo Valls Esponda

El prólogo del libro Revolución Mexicana, del historiador Jean Meyer nos refiere que escuchando a “los de abajo”, atestiguando sus vidas, el autor quedó perplejo ante el dramatismo de éstas. Sin duda se trata de una experiencia que no coincide con el modo de vivir de otros hombres del mismo país, que se disputan el poder y elaboran un exaltado discurso sobre el México que se disponen a construir. Para los primeros, para el pueblo, 1917 es el año del hambre. Para los segundos, es precisamente el año glorioso de la Constitución.

Esas verdades se traslucen, pese a la lamentable traducción (en lugar de frijoles dice “judías negras”, por ejemplo), que Luis Flaquer hiciera de la obra escrita en francés por el historiador que seguramente mejor conoció y más caminó México en la década de los cuarenta, tiempos de los nietos de la Revolución.

La influencia de Vasconcelos y Azuela se deja sentir en esa prosa que le da voz a las miles de infelices víctimas de los abusos del infierno revolucionario. La mejor forma de conocer un país –asegura Meyer– es observarlo en una crisis.

El libro me gusta porque se sitúa por fuera de la historia oficial. Da cuenta de los años de calamidades que vivió nuestro país. Permite escuchar, sin la distancia aséptica que nos caracteriza, al campesino sucio, al indio ignorante, al mexicano jodido. Ése al que la Constitución sirvió para permutar patrón porque, gracias a sus cambios, las nuevas órdenes ahora las daba un trepador agrarista convertido en cacique, fiel operador del mero jefe: El Estado.

Meyer alcanza la raíz de la corrupción revolucionaria. Documenta la desmedida ambición de los generales -la nueva clase política- por convertirse en lo mismo que lucharon por destruir, aquellos que, a partir de entonces y hasta hoy, buscan con impaciencia convertirse en unos “Señorones Hacendados” pero con poder político.

De la misma forma en que Carranza Garza y García Rejón, sin ser abogados fueron los autores intelectuales de los orgullos jurídicos nacionales: Constitución y Amparo, Meyer Barth, sin nacer mexicano encontró en lo popular algo más que el pintoresco retrato turístico y el codiciado botín político. Sus ojos miraron y su pluma narró, la historia y destino de ese objeto secreto, mágico y complejo la inconcebible Nación. Nos hizo sentir, diría Borges: infinita veneración, infinita lástima.

Confusión y desorden imperaban en la cúspide del poder: Carranza orientó la Constitución en dirección contraria a la liberal, reprimió manifestaciones obreras y acabó paralizando la Reforma Agraria. El asesinato de Zapata, que ordenó porque el guerrillero obstaculizaba a su apetito dictatorial, redujo aún más su popularidad.

El crecimiento de la figura del general Obregón, irónicamente brazo ejecutor del régimen, tampoco le gustó, así que decidió apoyar a un dócil siervo civil para seguir manejando el poder, hecho que molestó a los militares sonorenses. Carranza fue asesinado en mayo de 1921. Después de las elecciones arribó al poder un nuevo soñador dictatorial, el siguiente héroe –caudillo– asesino -asesinado: Álvaro Obregón “El manco de Celaya”.

La historia dice que después las cosas mejoraron: la reforma agraria se reactivó, la educación sentó sus bases y el progreso se encarriló. Desde mi punto de vista así fue, pero habrá que caminar el país, andar en mula, para preguntarle su opinión a los de abajo.
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