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De memoria, me moría

  • Ramón Ojeda Mestre

La facultad o capacidad más importante del ser humano y de todos los animales es la de recordar. Este don puede alojarse no solo en el cerebro, sino en la mayoría de las células, aunque científicamente esto no esté suficientemente comprobado. Los más modernos aparatos o inventos, en términos milenarios, tienen que ver con esta habilidad. Las computadoras, los celulares, los satélites los medicamentos, el video, los páneles solares y, desde luego y en primer lugar, los libros y la escritura, no son más que lo que los franceses llaman con elegancia aidemémoire.

Lamento que la memoria dinámica registrada haya aparecido tan tarde. Por ejemplo: Hoy puedo ver en película, en internet o en CD a mi abuelo caminando y oírlo hablar. Tengo videos de mi padre, fallecido hace muchos años, tocando el piano maravillosamente, o hablando con sus amigos Vicente Vila, Licio Lagos, Tristán Canales, con García Villalobos, el Viejo, o Nathaniel el tuxpeño, sus compañeros de la Facultad de Derecho de la UNAM o escucharlo en la radio cuando ganó el concurso “Carta a Mi hijo” del Novedades, pero el abuelo de mi padre no pudo ser recreado en su memoria más que por procesos biológicos cerebrales. Digo más, lo pudo ver en rudimentarias fotografías, que aún conservo de ese prestigiado médico don Antonio Ojeda Yépez que por cierto menciona Tello Díaz en el libro de su tío abuelo Porfirio Díaz.

Empero, aún no podemos registrar el aroma de una bella flor de manera permanente. Los perfumes son, ya lo dijo Süskind, un auxilio de la memoria para invocar las flores y las feromonas. Y ayuda. Las primeras en saberlo son las mujeres desde tiempos inmemoriales según mi sección de inteligencia wikipédica y mi CISEN particular que todos conocemos con el nombre del CEIIT, En el año 3 mil 500 A. C., en Sumeria, que era la civilización más avanzada y compleja del mundo en esa época, ellos fueron los que crearon el primer sistema de escritura del mundo, los primeros en usar instrumentos de bronce, en fabricar ruedas y fueron ellos y no los egipcios quienes desarrollaron por primera vez ungüentos y perfumes.

En el sepulcro de la reina Schubabo Puabi de Sumeria, hallaron junto al cuerpo una cucharita y un pequeño frasco trabajado con filigrana de oro: la reina había guardado allí su pintura de labios. En la Epopeya de Gilgamesh, el poema asirio del año 2 mil 300 a.C. con sus personajes en tablillas cuneiformes de la mitología sumeria, se encuentran muchas citas que hacen referencia a la perfumería y a la cosmética.

Por esas fechas, nuestros maravillosos ancestros, ya andaban dejando su huella de memoria en pinturas rupestres en Baja California Sur hoy por hoy consideradas Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco y que presentaran en el Congreso Mundial de Arte Rupestre en Cáceres la doctora Lucero Gutiérrez y el comunicador de Cabo Mil Jesús Montaño Avilés. Esas pruebas de memoria estética y ritual, dejaron los premexicanos en las cavernas con su impronta mágica y ya están in the cloud. Y es que, la principal función del ser humano es recordar. Si no se acordaran, la mujer yacería con el hombre y ambos no sabrían qué hacer. Sí lo sabré yo que corro tras las bellas jóvenes y cuando las alcanzo no recuerdo qué asunto científico les quería tratar.

Piense usted por qué Napoleón, Alejandro Magno, Einstein o Hammurabi escribieron o el propio Pablo de Tarso. Hermann Ebbinghaus desde 1885 estudió la memoria como forma de almacenamiento de data y referencias para sobrevivir. En fin, ya no recuerdo para qué le digo esto, pero Usted sí.

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