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De partidos y candidatos …

  • Rebecca Arenas

El desinterés y la desconfianza ciudadana ante las elecciones que se produce en todas partes del país, dependiendo de las circunstancias de cada entidad, en el caso de Veracruz alcanza dimensiones de ostensible rechazo, no en balde la población ha padecido hasta lo indecible, los excesos y desvíos de las gavillas que hoy ven pasar la acción de la justicia, como el viento a Juárez, sin siquiera despeinarse.

Pero el daño es mayor que la mera impunidad de las gavillas. Tiene su origen en la estructura y atribuciones de los partidos políticos, que hoy disfrutan de un poder omnímodo, sin generar beneficios reales ni a la sociedad ni al país.

Definidos por ley, como entidades “de interés público”, los partidos políticos gozan de una serie de privilegios desde la recepción de importantes recursos públicos hasta exenciones fiscales, entre otros. Paralelamente, hacen y deshacen a su antojo: combaten a los gobiernos desde la oposición, pero integran gobiernos estatutarios viven del respaldo que les ofrecen los ciudadanos, pero son profundamente oligárquicos; defienden causas sociales, pero están dispuestos a pactar con quien sea, para incrementar su poder. El mejor de los mundos, si no fuera porque de esas organizaciones políticas, depende el futuro de nuestro país.

El proceso de transición que vivió México durante los últimos 20 años, nos hizo pasar de un sistema que le otorgaba casi todos los poderes al presidente de la República -con el sistemático respaldo de su partido-, a otro, en el que esas capacidades se trasladaron a las dirigencias partidistas.

Quienes diseñaron las nuevas reglas del Sistema Político Mexicano, sabían muy bien lo que estaban haciendo: Querían sustentar la pluralidad política en el régimen de partidos, y lo lograron.

Las dirigencias partidarias han extendido sus poderes como nunca antes, tanto por los amplios recursos que reciben, como por los aparatos burocráticos que responden a sus instrucciones, pero sobre todo, por su poder para decidir -a través de los métodos que ellos mismos se fijan- los perfiles de quienes ocuparán los cargos legislativos de mayor relevancia y de esta manera, controlar la elaboración de leyes en nuestro país.

Actualmente, un 40 por ciento de los asientos que ocupan los diputados y un 25 por ciento de los senadores, se distribuyen mediante la vía de representación proporcional y este esquema federal, tiene en el caso de los diputados, similar equivalencia en el ámbito local.

El lugar que cada político designado ocupa en las listas de representación proporcional, resulta determinante para su arribo al cargo legislativo. Los cuatro principales partidos políticos en nuestro país reúnen más de 90 por ciento de los votos totales, y a juzgar por los datos que arrojan las s recientes encuestas electorales, la distribución de ese porcentaje será cada vez más pareja.

Es decir, mucho antes de que las elecciones se realicen, las dirigencias de los partidos pueden organizarse para seguir controlando la vida política del país, sin rendirle cuentas a nadie, sobre la forma en que toman esas decisiones.

Esta situacióninconforma cada vez más al electorado, que ya se dio cuenta que es un mero rehén de los legisladores plurinominales,que no tienen compromiso alguno con la ciudadanía, pero son incondicionales a sus dirigentes, en su actuación legislativa.

En ese contexto, la figura de los candidatos independientes, empezará a ganar cada vez mayor aceptación en el electorado, como una bocanada de aire fresco frente al contaminado y maniqueo mundo de los partidos políticos.