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De Polk a Trump, en paralelo

  • Salvador del Río

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“Opinaba yo, además, que el anunciar ahora que México tenía que pagar los gastos de la guerra, excitaría a ese pueblo terco e irrazonable, y le impediría entrar en negociaciones”, escribió en su diario el presidente de Estados Unidos, James K. Polk, en 1846. Ante el Consejo de Estado de la Unión Americana, Polk también había afirmado que “cuando se firmase un tratado, en que se indemnizara por los gastos de la guerra y en que, al tratar de una línea divisoria, esos gastos deberían tomarse en cuenta”.

El presidente demócrata exigía a México el pago de los daños que, según él, México había ocasionado con la guerra que en 1836 libraron las tropas de Antonio López de Santana en contra de la secesión de Texas que 12 años más tarde culminaría con la mutilación de más de la mitad del territorio mexicano en la invasión que el propio Polk llevó a cabo en 1847-48. Con los Tratados de Guadalupe-Hidalgo, el odio del supremacismo estadunidense logró la apropiación, para esa nación, de lo que hoy son los Estados de California, Nuevo México, Nevada, Utah, parte de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

Muchos años, muchos episodios que han marcado la historia de las relaciones entre México y Estados Unidos pasaron para superar los sentimientos que han caracterizado a la relación entre México y la nación vecina: xenofobia, racismo y nacionalismo exacerbado que sustentaron en Estados Unidos las ansias anexionistas resumidas en las intenciones de Polk; el resentimiento, del lado de México, por una guerra en la que la fuerza de las armas se impuso a la razón, la dignidad y la integridad de nuestro territorio. El antimexicanismo de una parte, el antinorteamericanismo por la otra, requirieron de varias generaciones y voluntades para hacer olvidar agravios y reclamaciones de ambas partes y construir una vecindad que, más allá de discrepancias y conflictos, alcanzara una armonía de dos naciones unidas por la geografía y la historia.

Las intenciones del presidente Donald Trump en relación con México encuentran un ominoso antecedente en la política de James K. Polk. El resurgimiento del rechazo a lo mexicano, a lo hispano, a lo extranjero que se observa ya en buena parte de la población estadunidense, azuzada por el discurso de Donald Trump, pero también el sentimiento antiestadunidense que se aviva en México y en América Latina, son daños tan graves como los proyectos de cambio en la relación económica entre los dos países y el de la construcción de un muro en la línea divisoria que en el siglo XIX representó la nueva frontera.

Obligado por las circunstancias, y ante la imposibilidad de un diálogo para una negociación que atienda a los intereses de los dos países, México eleva el tono y muestra firmeza y determinación en la defensa de los legítimos intereses en la relación con Estados Unidos. Si no hubiera otra posibilidad de alcanzar la equidad y la justicia, México abandonaría el Tratado de Libre Comercio firmado en 1994 con Canadá y Estados Unidos. El TLCAN ha sido benéfico para los tres países; su disolución significaría una serie de problemas para los signantes. No obstante, México e incluso Canadá estarían dispuestos a renunciar a ese pacto sin el cual vivieron y se desarrollaron por muchos años. Jamás, por ningún motivo, México aceptaría pagar cantidad alguna por la construcción del ignominioso muro proyectado en la frontera por el Gobierno de Donald Trump.

El daño, sin embargo, de esta postura de respeto y defensa de nuestra soberanía, está hecho por el Gobierno de Donald Trump. Como su antecesor James K. Polk en 1846, la sin razón de esa política de odio provoca ya en ambos lados de la frontera -que debería unirnos en vez de separarnos- sentimientos de rechazo mutuo cuyo olvido tantos años costó a lo largo de nuestra historia.