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Dejamos cortos a Siria y Afganistán: los mochitenses / María Antonieta Collins

  • María Antonieta Collins

Desde Los Mochis, Sinaloa

Los encuentra uno silentes, a veces espantados, pero en general callados. Especialmente los de las casas vecinas a donde “El Chapo” Guzmán pasó las últimas horas en libertad antes de su fatídico viernes ocho de enero. De primera intención no hablan y si hay un poco de suerte, comienzan los relatos con la misma frase:

“Si pensamos que las zonas de guerra estaban en Afganistán o en Siria, ¡Ni decir! esos no tienen nada que hacer en comparación con lo que vivimos aquí la madrugada del viernes pasado.”

Otros más, escudados en el anonimato narran aquello
vivido…

“Me desperté por la madrugada con una explosión y después con otra. La casa que fue del Chapo estaba a solo metros de la nuestra, así que cada disparo sentíamos que de alguna forma vendría a traspasar las paredes de los vecinos. ¡Esto es la guerra pensábamos desorientados al despertar!”

“Mi esposo me gritó: ¡pecho a tierra! Y así estuvimos hasta que más de media hora después los disparos finalmente pararon y pudimos asomarnos a la ventana y vimos que llegaban los de la Marina y centenares de efectivos de no sé qué tantas corporaciones más.”

Sin embargo nadie pudo imaginar entonces de lo que se trataba.

“Eran imágenes de guerra –cuenta una vecina-. En verdad que los ruidos perforaban los oídos y peor aún lo que sucedió en las casas vecinas donde los sicarios del Chapo pudieron huir por las azoteas tratando de bajar a la calle. La casa de nuestro campeón de box “El Cochulito” tuvo el peor de los amaneceres con uno de los del Chapo que cayó a su patio sobre una maceta, muerto por las Fuerzas Federales.”

El asombro entre los vecinos es aún mayor al conocerse el túnel que estaba construido…

“En verdad que nunca vimos nada más que unos cuantos albañiles que estaban haciendo remodelaciones en la casa que durante más de año y medio estuvo desocupada. Jamás hubo movimiento de gente, ni siquiera veíamos entrada y salida de vehículos ni otros que no fueran los albañiles, nunca un escándalo, nunca nada fuera de lo que es normal en una casa recién comprada por alguien que probablemente iría a mudarse ahí y que por eso la estaba remodelando.”

Otra ama de casa que tiene ahí más de diez años residiendo es un poco más detallista…

“Si ve que la casa casi está cubierta, muy bien disimulada bajo esos árboles que están frondosos, esto es porque los seis olivos negros que se plantaron hace muchos años fueron fertilizados para que crecieran rápidamente hará unos seis meses. De pronto nos hemos dado cuenta que el follaje cubre bastante de la fachada y que más bien luce como si la casa tuviera un casco protector con las hojas. La noche de la persecución, aunque nos asomáramos por las ventanas no podíamos ver nada, solamente sentir los ruidos que por ratos fueron infernales, y eso porque los arboles protegían de los curiosos.”

No hay un solo mochiteco que haya sido testigo de ese momento que no diga lo mismo: “Era como si estuviéramos viendo una película de guerra por la que no pagamos por ver en un cine. El ruido era como de bombas, después supimos que fueron granadas. La realidad es que los ruidos rompiendo madera y puertas, y todo lo que hicieron para encontrar el túnel fue lo que escuchábamos aterrados quienes tuvimos la desgracia de ser vecinos, aunque la verdad los marinos con nosotros se portaron bien, pero nunca imaginamos de qué se trataba.”

“La verdad es que con todo esto solo nos queda decir: con todo esto los mochitecos del Boulevard Jiquilpan… dejamos cortos a Siria y Afganistán.”