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Del sufragio a la equidad de género / Agenda Ciudadana / Rebecca Arenas

  • Rebecca Arenas

El Día Internacional de la mujer, provoca todos los años, un alud de manifestaciones del más diverso orden, que buscan -se dice- reconocer la enorme valía de las mujeres y celebrar los avances alcanzados en materia de sus derechos civiles y políticos.

Esto a pesar de que dichos avances se han producido con extrema lentitud, y de que todavía hoy, a pesar de que la ley electoral obliga a los partidos políticos a postular un 50 por ciento de mujeres candidatas, todavía hoy, las cúpulas partidistas se muestran reacias a una cabal inclusión, privilegiando a mujeres cercanas a sus lealtades, por sobre las más capaces y con mejor trayectoria, pero que  no son afines a sus intereses de grupo.

Están por cumplirse 63 años del reconocimiento al pleno derecho de la mujer mexicana a votar y ser votada (Art. 34 Constitucional) pero tuvieron que transcurrir casi dos décadas desde esa fecha para que las mujeres acudieran de forma masiva a las urnas a ejercer por fin su libre albedrío, sin que los padres, maridos, hermanos y hasta hijos, les dijeran por quién votar. Parece mentira pero así eran las cosas en aquellos días.

Para tratar de entender lo que siguió después del reconocimiento al voto femenino, es preciso identificar dos momentos cruciales que influenciaron de forma determinante la percepción de la mujer sobre sí misma y su actuación en el mundo.

El primero, el de las luchas feministas a finales de la década de los sesentas. Un momento extraordinario en el que se produjeron importantes  cambios  que transformaron la vida en el planeta: en la ciencia, con los anticonceptivos que permitieron a la mujer decidir cuándo embarazarse; en la tecnología, con la cibernética que acercó a la población el uso de la computadora; avances en la medicina, con los trasplantes de órganos vitales que alargaron la vida del ser humano; con la manifestación de la población joven en todo el orbe, demandando espacios donde participar; con la llegada del hombre a la Luna, que le rompió el corazón a millones de románticos, y nuevas expresiones en la música y las artes, por solo  mencionar algunos.

Fue en ese entonces que se acuñó el concepto de “Género” como una categoría de análisis para explicar los mecanismos de opresión, y a partir de ahí, se abrió la posibilidad de superarlos. Fue en ese momento que las mujeres empezaron a entender la equidad de género, como la superación de la dominación de un género sobre otro, y con esta nueva visión, empezaron a combatir las acciones de censura, prohibición, rechazo y exclusión que venían padeciendo como parte de una herencia ancestral autoritaria.

El segundo momento, se ubica a partir de los años noventa, con la participación de las mujeres en nuevas causas y movimientos como el combate a todo tipo de violencia hacia las mujeres, la equidad de oportunidades para la mujer trabajadora; los derechos reproductivos; el desarrollo humano sostenible, los derechos humanos, la preservación de los recursos naturales, el cuidado del medio ambiente, y el impulso de los valores democráticos que hacen posible la vida armónica en sociedad.

La lucha de las mujeres empieza a verse reforzada por mecanismos de organización como las redes sociales, los pactos, las alianzas, los frentes, etc. Mecanismos que las obligan a reconocer y llevar a la práctica valores como: el respeto al derecho ajeno, la pluralidad, la tolerancia, la solidaridad. Valores que las hacen crecer en el ámbito familiar, laboral y comunitario.

Es entonces cuando la reivindicación de los derechos de la mujer trasciende el plano político, y el concepto de equidad de género empieza a permear en la población, sale a las calles, entra a las fábricas, a las oficinas, a las escuelas, al diálogo con el poder gubernamental, con la demanda -por primera vez- de políticas públicas con perspectiva de género.

Se trata de una lucha diversificada, que ha tenido mayores márgenes de efectividad, mayores logros tangibles, en los centros urbanos del país, en donde la cultura paternalista se diluye en razón del mayor espacio geográfico y la numerosa población.

Más allá del discurso, la equidad de género tiene que darse en los hechos: igualdad de oportunidades en la política, en los puestos directivos del Gobierno y de la empresa privada; horarios y sueldos justos, trato respetuoso, igualitario.

Se requiere impulsar una nueva cultura por la equidad de género, que trascienda los discursos grandilocuentes que en nada ayudan a la inequitativa realidad que siguen padeciendo millones de mujeres en nuestro país. En vez de un pírrico festejo, el Día de la Mujer, debe ser una oportunidad para evaluar qué hemos hecho bien, qué hemos hecho mal, y qué nos falta por hacer; y que sí en verdad queremos contribuir a allanarles el camino a las que vienen, tenemos que hacerlo con el ejemplo.

rayarenas@gmail.com