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Del vituperio a la exquisitez

  • Camilo Kawage

1.- Del pintoresco espectáculo que vino a dar la ministra de Venezuela parece que sólo se nos quedaron los insultos y las peladeces que regurgitó con esplendidez –salvo los que saldaron en su persona las deudas de dólares que Chávez les obsequió- a todos los concurrentes a la 47 Asamblea de la Organización de Estados Americanos de la que México fue anfitrión los días pasados. La diestra señora Rodríguez, curtida experta en la más rancia doctrina marxista, se valió de la pasarela como le vino en gana para azotar, de Canadá a la Argentina, a los países que plantearon un voto de condena al régimen de Maduro con el respaldo de las más pequeñas –a penas viables-, naciones del Caribe que tanto benefició la hoy agotada solvencia del redentor ése.

2.- Detalles del balance, la diplomacia mexicana, por tanto tiempo líder y guía en el quehacer del continente, es la que promovió, primero, la soberanía de esas islas respecto de sus propietarios previos y, luego, acogerlas en Naciones Unidas y en el sistema interamericano, a efecto de sumar aliados en el concierto multilateral y contribuir así al equilibrio geopolítico en la vecindad de Cuba. En la medida que esos países lograran una autonomía que garantizara su existencia por sí mismos y su libertad, ideal incumplido desde entonces por cierto, el resto de las naciones vería confirmada la voluntad de ver más naciones en su mosaico. Esta vez falló el cálculo, quizás.

3.- Tal vez ganó el observador, sin embargo, de la conducta de la ministra que pasó como piraña por el plenario continental. A poco se nos olvidó con qué frecuencia el recurso de la más avezada dialéctica es utilizado más para acorazar mentiras -para disfrazar de libre y democrática una dictadura totalitaria y delirante- que para sustentar razonamientos o esgrimir argumentos de coherencia. En treinta años no se ha escuchado a un político mexicano defender al país y a su régimen, ni exaltar sus valores y sus méritos, como se vio a la furibunda chavista desgañitarse ahí.

4.- Del lado más didáctico y preparado del escenario, el nuevo Presidente de Francia dio en la semana una amplia entrevista a ocho importantes periódicos europeos, en la que deja ver por qué afirma que su elección marca el renacimiento de Francia y tal vez de Europa. La  transcripción que publicó El País muestra a un joven líder con chapa de estadista para quien los valores de la democracia moderna, acuñados justo en su país en el siglo XVIII, deben recobrar su significado y darle vida nueva a sociedades que se sienten fatigadas, y aun traicionadas, por un sistema de partidos desgastado y subvertido, que propicia que florezcan los extremismos populistas.

5.- México no tiene nada que aprender de zafios y tiranos –los conocemos de más-. Pero no sobra de repente tomar nota de la retórica y la suficiencia con que se expresan sus gárrulos apologistas. Y conviene estudiar al Presidente francés por la lucidez, la academia y el vasto insumo intelectual que posee. En lugar del acertijo por el Macron mexicano que nos salga del sombrero, busquemos al político integral que pueda ganar elecciones pero, sobre todo, que sepa pensar, expresarse y convencer, amén de entender dos manuales de sintaxis.

6.- La encrucijada del país el año que viene no exige menos. Quien sea Presidente de la República debe tener el anclaje y la preparación; la vocación y el arrojo, el ingenio y la sensibilidad para contener el frenesí vesánico de la tentación totalitaria sí. Pero también ostentar las cartas que acrediten que conoce la ética, la lógica, la estética, la política y la metafísica que le revelen exégeta superior de esa tesis máxima que se llama México.
camilo@kawage.com