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Delirios de caos

  • Paul Krugman

Paul Krugman

Hubo 352 asesinatos en la Ciudad de Nueva York el año pasado. La cantidad fue un poco más alta que la del 2014, pero muchísimo menor que los dos mil 245 asesinatos que ocurrieron en 1990, el peor año de la ciudad. De hecho, con base en el índice de asesinatos, Nueva York es ahora, básicamente, tan segura como lo haya sido alguna vez, remontándose hasta el siglo XIX.

Las estadísticas sobre la delincuencia en el ámbito nacional y las cifras de todos los crímenes violentos, pintan un panorama solo ligeramente menos alentador. Y no es solo una cuestión de números; nuestras grandes ciudades parecen y se sienten muchísimo más seguras de lo que parecían hace una generación, porque lo son. La gente de cierta edad siempre tiene un sentido de que Estados Unidos no es el país que recuerdan de su juventud y en este caso tienen razón; es mucho mejor.

Entonces, ¿cómo es siquiera posible que Donald Trump pronuncie un discurso en el que acepta la candidatura republicana y cuya premisa central es que el crimen está descontrolado y que “solo yo” puedo controlar el caos?

Claro que a nadie debería sorprender ver a Trump aseverar, con toda confianza, cosas que son rotundamente falsas, ya que hace eso todo el tiempo; y nunca corrige sus falsedades. En efecto, en el gran discurso, repitió algunas de esas viejas glorias doradas, como la aseveración de que Estados Unidos es el país con los impuestos más altos del mundo (cuando, de hecho, estamos casi hasta abajo entre las economías avanzadas.)

Sin embargo, hasta ahora, las falsas aseveraciones se han tratado de cosas que el votante común no puede revisar contra su propia experiencia. La mayoría de las personas no tiene ningún sentido de cómo comparar sus impuestos con los que pagan los europeos o los canadienses, ya no se diga la cantidad de empleos que ha desplazado la competencia china. Sin embargo, 58 millones de turistas visitaron Nueva York el año pasado; decenas de millones más visitaron otras grandes ciudades, y, claro, muchos de nosotros vivimos en esas ciudades, o cerca de ellas, y las vemos a diario. Y, si bien hay, como siempre sucede, barrios malos e incidentes violentos ocasionales, es difícil ver cómo cualquiera que camine alrededor con los ojos abiertos podría creer en la visión distópica, bañada en sangre, que expuso Trump.

Sin embargo, no hay duda alguna de que muchos votantes -incluidos, casi seguro, una mayoría de hombres blancos- van a creer, efectivamente, esa visión ¿Por qué?

Una respuesta es que, según Gallup, pareciera que los estadunidenses siempre creen que el crimen está aumentando, aun cuando es un hecho que está bajando rápidamente. Parte de esto puede deberse a la formulación de la pregunta: ¿es posible que la gente tenga un sentido vago, avivado por los titulares periodísticos, de que los delitos aumentaron esta año aun cuando están conscientes de que son muchísimo menos de lo que solían ser? También podría ser que existe cierta versión del síndrome de que “las cosas malas están pasando en alguna otra parte”, que vemos en las encuestas de opinión entre los consumidores, en las que la gente es muchísimo más positiva sobre su situación personal de lo que es sobre la economía en su conjunto.

De nuevo, no obstante, una cosa es tener una comprensión deficiente de las estadísticas sobre la delincuencia y otra bastante distinta aceptar una visión horripilante de Estados Unidos que se contrapone en forma tan drástica con la experiencia cotidiana. Entonces, ¿qué está pasando?

Bueno, sí tengo una hipótesis; me refiero a que los partidarios de Trump sí creen, con cierta razón, que el orden social que conocen se está desmoronando. No solo se trata de una contienda electoral, en la que el país se ha vuelto tanto más diverso, como menos racista (aun si todavía le falta mucho camino por recorrer). También se trata de los papeles de género, cuando Trump habla de volver a hacer grande a Estados Unidos, se puede tener la seguridad de que muchos de sus partidarios se están imaginando un retorno a los días (imaginados, en parte) del sostén masculino de la familia y las esposas que se quedaban en la casa.

No por casualidad, Mike Pence, el compañero de fórmula de Trump, solía explotar en relación al daño que hacen las madres que trabajan, por no hablar del ataque que escribió contra Disney en 1999 por haber presentado a una heroína de mentalidad marcial en su película “Mulan”.

Sin embargo, ¿cuáles son las consecuencias de estos cambios en el orden social? Allá cuando estaba aumentando el crimen, los conservadores establecían una conexión, en forma insistente, con el cambio social; de eso se trató todo ese alboroto sobre “los valores de la familia” a principios de los 1990. Se pierden los lazos de la sociedad tradicional y lo que sigue es el caos.

Luego, pasó algo divertido: el crimen cayó en lugar de seguir aumentando. También, otros indicadores mejoraron en forma drástica, por ejemplo, la tasa de natalidad entre adolescentes ha caído 60 por ciento desde 1991. En lugar del colapso social, hemos visto lo que se resume en un brote masivo de salud social. La verdad es que no sabemos exactamente por qué. Las hipótesis van desde la cambiante distribución por edad de la población hasta la reducción del envenenamiento por plomo; pero, en cualquier caso, es notable que no se produjo el apocalipsis pronosticado.

El punto, no obstante, es que en la mente de aquéllos a quienes perturba el cambio social, se suponía que seguiría el caos en las calles y todos están dispuestos a creer que así fue, aun en contra de la evidencia.

La cuestión, ahora, es cuántas de esas personas hay; gente determinada a vivir en una pesadilla de su propia invención. Supongo que lo vamos a averiguar en noviembre.