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Demagogia y charlatanería humanitaria | Numerados | Camilo Kawage

  • Camilo Kawage

1.- Así como el histórico huracán que amenazaba arrasar poblaciones a su paso cedió en la Sierra y empezó a dejarse sentir una semana después pasando por agua poblaciones de Jalisco y Colima, nosotros sentimos aún la impericia en la conducción política que continúa haciendo crisis por los desaparecidos y no aparece ni un solecito en el horizonte próximo. Más bien, la tormenta de la charlatanería humanitaria, que el propio Gobierno nutre y engorda como hizo con la Sección 22, seguirá cerniéndose sobre los mexicanos cual castigo bíblico, como la lepra en Babilonia. Con el agravante de que la hora de un golpe de timón, como reiteró el secretario de Gobernación hace unos días, pasó muchos meses atrás.

2.- De ese modo se explica que las decisiones que el Ejecutivo deberá tomar en breve, en particular las ternas para ministros de la Suprema Corte y las que no deberá tomar, como la elección de rector de la Universidad, estén sujetas como nunca al más riguroso escrutinio público. Por eso cada paso que da es puesto en duda, como la actuación positiva y encomiable del secretario de Educación Pública respecto a los criminales del orden federal a los que el Gobierno tenía tan bien habituados y que ahora están en la cárcel, y también los que no da, como el paradójico atorón de la industria de la construcción, que debería ir justo al revés de como está.

3.- Ahí parece que solo marchan la obrascona gallega y las coreanas, porque la constructora del compadre del titular da señales ya ni de apapacho. Si se considera que esa industria es pivote del desarrollo, el mayor multiplicador del empleo e índice del crecimiento, y cuyo principal promotor es justamente el Gobierno, en obra civil y de infraestructura, en vivienda y vías de comunicación, no alcanza a entenderse por qué el recorte presupuestal, que tantas veces se repitió no afectaría el sector, lo tiene literalmente al borde de la quiebra.

4.- Con el abrupto frenazo que se ha dado a la construcción –inexplicable a la luz de proyectos del tamaño del nuevo aeropuerto, entre otros–, se da pie también a paparruchas como la del caudillo que tiene un magno plan alternativo, ampliar la terminal aérea de Toluca y barnizar la muy caduca de la Ciudad de México para no gastar. Seguramente ya tiene señalado al Nico, experto en logística, para que sea el secretario de Comunicaciones que lleve a cabo la operación. Infelizmente ni eso, ni la festiva ocasión del regreso del Gran Premio de México, alivian la situación de los millones de empleos que dependen de la industria de la construcción mexicana; más bien, se debería aplicar una política de emergencia para que retome su rumbo y ahí, de verdad, ver un apogeo.

5.- También sería buena hora, aprovechando el cambio de mitad de la administración, de revisar el desempeño de los colaboradores; su vocación de servicio público; su convicción de personas de bien, sus principios éticos y sus lealtades. Así como ya basta de culpar al Ejecutivo por los muertos de Iguala, que baste ya también de pillos inescrupulosos, gobernantes gárrulos sin la menor idea, no se diga del servicio público o del Derecho, sino de la política en su más tenue significado, de los cimientos morales esenciales, ni de la noción del propósito del cargo que les ha sido conferido.

6.- Porque la fe de los mexicanos, ésa que dice el Ejecutivo pudo contra los temidos efectos devastadores del huracán, es vasta y amplia, pero no inagotable, como su esperanza y su idea de la prosperidad colectiva a través del progreso individual. Hora de sentarse con calma a gobernar. Nada más.

camilo@kawage.com

/jodp