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Democracia en marcha

  • Eduardo Andrade

Dr. Eduardo Andrade Sánchez

Interrumpo el análisis de la iniciativa sobre matrimonio igualitario, para referirme a la jornada electoral del domingo que dejó muchas lecciones, la mayor parte positivas. La primera es la madurez y responsabilidad de la ciudadanía que salió a votar en paz y tranquilidad, en una gran área del país y de los miles de funcionarios de casillas. La organización en general fue buena y el único pero fue, paradójicamente, la lentitud de los conteos rápidos lo cual podría derivar de lo cerrado de algunos de los procesos.

Los ciudadanos demostraron que han tomado en sus manos el proceso electoral competitivo, para conseguir por medio de sus votos los cambios que consideran necesarios. Así confirman un elemento indispensable en cualquier democracia: la convicción del elector de que su voto va a tener un efecto real en la configuración de los gobiernos y que pueden cambiar de partido en el Gobierno si lo desean.

Otro dato que vale la pena resaltar es que, por un lado, hubo continuas quejas relacionadas con la guerra sucia que imperó en las campañas, el intercambio de denuestos y las descalificaciones recíprocas que, por cierto, no necesariamente deben ser materia de un intento de sobrerregulación restrictiva; finalmente son producto, indeseable pero natural, de una confrontación en la que los participantes tienen la posibilidad real de triunfar. Los ciudadanos a su vez tienen el criterio para valorar estas acusaciones y decidir en consecuencia, pero lo esencial es que pese a esa guerra sucia que predominó en la fase previa a la jornada, ésta fue limpia, conducida con pulcritud  y sin que se conocieran episodios de violencia o fraude que, de haber ocurrido, se encontrarían registrados en las primeras planas de los diarios. Es grato saber también que puede iniciarse la costumbre de que los candidatos que no alcanzaron el triunfo, salgan rápidamente a reconocerlo como Blanca Alcalá en Puebla.

Uno de los aspectos negativos de este proceso es el pésimo papel de las encuestas y las de compañías encuestadoras que han perdido toda confiabilidad. Da la impresión de que se extiende la costumbre de presentar las preguntas de modo que las respuestas satisfagan al cliente y ello genera una grave distorsión de un instrumento que resulta imprescindible en los sistemas democráticos maduros. Es verdad que los encuestados colaboran cada vez menos, quizá por el hartazgo de ser cuestionados o por la sensación de que sus respuestas serán manipuladas.

Finalmente es preocupante lo sucedido en la Ciudad de México donde la población mostró un ínfimo interés por participar en la elección de la Asamblea Constituyente. Esto refleja el fracaso de un proyecto diseñado más para satisfacer deseos políticos que verdaderas necesidades ciudadanas. El entusiasmo por redactar una nueva Constitución suele derivar de circunstancias críticas que implican una especie de refundación, como la obtención de la independencia, una revolución, o una transición democrática luego de una dictadura. Nada de eso ocurre en la capital mexicana. El que solo haya votado menos del 30 por ciento resta valor al documento que surja de esa asamblea. Si de verdad quieren ser progresistas, deberían establecer que para la entrada en vigor de la Constitución citadina, debe cumplirse un requisito señalado como indispensable por los teóricos constitucionalistas y aplicado en otras democracias, consistente en someterla a un referéndum aprobatorio que, para su validez, requiriese la asistencia a las urnas de por lo menos el 40 por ciento de los electores.

eandrade@oem.com.mx