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Depredadores en armas

  • Paul Krugman

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Como están señalando muchas personas, los republicanos que ahora tratan de distanciarse de Donald Trump necesitan explicar por qué La Cinta fue un punto de quiebre, cuando muchos incidentes anteriores no lo fueron. El sábado, al explicar por qué retiraba su apoyo, el senador John McCain de Arizona mencionó: “los comentarios sobre los prisioneros de guerra; la familia Khan, de estrella dorada; el juez Curiel, y los comentarios inapropiados anteriores sobre las mujeres” -y eso deja fuera a los mexicanos como violadores, el llamado a la prohibición de los musulmanes y mucho más. Así es que McCain, ¿por qué se tardó tanto?

Una excusa que estamos oyendo ahora es que las nuevas revelaciones son cualitativamente diferentes; que la falta de respeto hacia las mujeres es una cosa, pero alardear sobre el acoso sexual le da otra dimensión. Es la defensa del débil, ya que, en efecto, Trump ha estado prometiendo violencia en contra de las minorías todo el tiempo. Su insistencia la semana pasada de que los cinco de Central Park, a quienes se exoneró con la evidencia del ADN, eran culpables y que se los debió de haber ejecutado, fue todavía peor que La Cinta, pero apenas si hubo denuncias en su partido.

Y, aun si se considera a la depredación sexual como algo que, de alguna forma, es exclusivamente inaceptable, es necesario preguntase dónde estaban todos estos republicanos santurrones en agosto, cuando Roger Ailes (a quien “Fox News” acababa de despedir por la evidencia espeluznante de que había utilizado su cargo para obligar a las mujeres a tener relacione sexuales) se integró a la campaña de Trump como asesor sénior. ¿Acaso hubo alguna protesta de los altos personajes del Partido Republicano?

Claro que conocemos la respuesta: el escándalo más reciente molestó a los republicanos, mientras que los anteriores no, porque la campaña del candidato ya caía en picada. Incluso, es posible verlo en las cifras: la probabilidad de que un republicano en la Cámara de Representantes se baje del tren de Trump está fuertemente relacionada con la parte de Obama del voto en un distrito en el 2012. Es decir, los republicanos en distritos competidos están indignados por el comportamiento de Trump; los que tienen escaños seguros parecen extrañamente indiferentes.

Entre tanto, el eje Trump-Ailes del abuso plantea otra interrogante: ¿la depredación sexual que cometen figuras políticas de alta jerarquía -la cual Ailes sí era, aun si fingía dedicarse al periodismo- es un fenómeno partidista?

Solo para aclarar, no estoy hablando de un mal comportamiento general, lo cual sucede entre los políticos (y cualquier persona) de todas las inclinaciones políticas. Sí, Bill Clinton tuvo amoríos; pero existe un mundo de diferencia entre el sexo consensual, por muy inapropiado que sea, y el abuso del poder para obligar a los menos poderosos a aceptar tus ansias sexuales. Eso es infinitamente peor, y sucede más de lo que quisiéramos pensar.

Por ejemplo, lo que ahora sabemos que estaba pasando políticamente en el 2006, un año en el que Nate Cohn, el experto en encuestas de “The Times”, sugiere que ofrece algunas lecciones para este año. Como señala Cohn, hasta finales de septiembre de ese año parecía que los republicanos conservarían el control del Congreso, a pesar de la repulsión popular hacia el Gobierno de Bush. Sin embargo, surgió el escándalo Foley: un legislador en el Congreso federal. Mark Foley, quien fuera el representante republicano por Florida, había estado enviando mensajes sexualmente explícitos a páginas y su partido no había ejercido ninguna acción a pesar de las advertencias. Como señala Cohn, el escándalo parece haber roto la presa y llevó a la oleada demócrata.

Sin embargo, hay que pensar en qué tanto más grande habría podido ser esa oleada si los electores hubieran sabido lo que ahora sabemos: que el propio exrepresentante federal republicano Dennis Hastert de Illinois, quien había sido el presidente de la Cámara de Representantes desde 1999, tenía una larga historia de acosar sexualmente a chicos adolescentes.

¿Por qué en todas estas historias están involucrados republicanos? Una respuesta puede ser estructural. El Partido Republicano es, o era hasta estas elecciones, una institución jerárquica y monolítica, en la que los hombres poderosos podían cubrir sus pecados mucho mejor de lo que podían en la coalición demócrata mucho más flexible.

También, yo sugeriría, hay un cinismo subyacente que impregna a la élite republicana. Estamos hablando de un partido que ha explotado de tiempo atrás la respuesta negativa blanca para movilizar al electorado de la clase trabajadora, mientras que promulga políticas que, de hecho, los dañan a ellos y benefician a los acaudalados. Cualquiera que participa en esa estafa -porque eso es lo que es- tiene que tener el sentido de que la política es una esfera en la que es posible salirse con la suya si se tienen las conexiones correctas. Así es que, en cierta forma, no sorprende que una cantidad desproporcionada de grandes actores se sientan empoderados para abusar de su posición.

Lo que nos trae de vuelta al hombre al que casi todos los republicanos de alta jerarquía apoyaban para la Presidencia hasta hace un día o dos.

Suponiendo que pierda Trump, muchos republicanos tratarán de fingir que era un caso totalmente aparte, no representativo del partido. Pero no es así. Ganó la candidatura con todas las de la ley, lo escogieron los votantes que tenían una idea bastante clara de quién era. Tuvo el apoyo sólido de la élite hasta ya muy avanzado el juego. Y sus vicios están, podemos decir, muy de acuerdo con la tradición reciente de su partido.

Trump, en otras palabras, no es tanto una anomalía, como es una destilación pura de la esencia moderna de su partido.