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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

LA más demagógica de las decisiones de la FIFA, la determinación que más perpetuación en el poder otorgó a su cúpula directiva, está por flexibilizarse…, justo cuando flexibilizar esa norma podría traducirse en dinero.

Me explico. Desde la sorpresiva elección de Alemania para organizar el Mundial 2006, cuando Joseph Blatter no pudo cumplir a Nelson Mandela la promesa de que Sudáfrica recibiría esa sede, el organismo impuso una medida: doce años tendrían que transcurrir, dos Mundiales intermedios, para que un mismo continente volviera a acoger el evento.

Eso tuvo otro antecedente muy cercano en el tiempo: hasta 2002, la Copa nunca había salido de Europa o América, con una rotación no implícita que funcionaba como reloj; entre 1930 y 1998, siete fueron en América y nueve en Europa. Sin embargo, en la parte final de su presidencia, Joao Havelange entendió que el modelo de negocio había cambiado y que era imprescindible tocar más regiones geográficas para garantizar mayor flujo de patrocinios, elevar las audiencias, multiplicar las ventas; eso, al mismo tiempo, permitía congraciarse con quienes aportaban los votos para seguir en la presidencia: qué mejor forma de recibir el apoyo en bloque de un hemisferio, que otorgándole un Mundial.

Así llegaron los candados continentales: para 2010 sólo se postularon africanos, como para 2014 Brasil no tuvo oposición y, cedido 2018 a Europa (pero, por primera vez oriental), la edición de 2022 fue disputada entre norteamericanos y asiáticos.

Cuando Europa Occidental sentía que la luz en su túnel más largo estaba próxima (¡24 años sin Mundial para la zona que hasta 2006 nunca esperó más de 8!), las reglas volverán a cambiar y China contendrá.

Ya hemos hablado demasiado en este espacio sobre la prioridad que el líder Xi Jinping da a tener en su territorio un Mundial. Ya también nos hemos referido con insistencia a la patológica necesidad que ha desarrollado la FIFA, en esta época de vacas flacas, hacia los patrocinios chinos.

China luchó por abolir ese marco de rotaciones para ser anfitriona en 2026, apenas cuatro años después que Qatar. Su argumento, era la lejanía de Doha a Qatar, aunque parece que esa presión no prosperará (lo que dejaría a EUA-México-Canadá, muy bien parados). Ahora Xi se concentra en que para 2030 sí se le permita aspirar a la sede, lo que vuelve a tocar los intereses de Europa Occidental, que teme no poder competir contra el gigante asiático. También está el interés de Uruguay-Argentina de compartir el Mundial del centenario, mas en la FIFA se pensaba que Inglaterra era la mejor posicionada.

Hoy los ingleses se preguntan: ¿cómo competir contra los patrocinadores que garantiza China? Y la respuesta es que no poseen manera. Que si esa rotación de doce años se flexibiliza, Europa Occidental elevará su martirio de 24 a 28 años sin Mundial.

Imposible pensar cuando salíamos del OlympiaStadion de Berlín, tras la coronación italiana de 2006, cuánto tiempo tardaría en volver el balón al hemisferio que fungió como dueño del mismo por tantas décadas.

Twitter: @albertolati