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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

DESDE un año atrás, cuando la FIFA se reunió en México en el primer congreso del suizo Gianni Infantino como presidente, se preparó el terreno para lo que se consumaría ahora en Bahréin.

Por entonces, mayo de 2016, el nuevo presidente lanzaba una osada declaración (“la crisis de corrupción aquí ha terminado”) y el auditor del organismo, Doménico Scala, era removido de su puesto.

Un año después, han salido el jefe del Comité de Ética, Hans Joachim Eckert, y el del Comite de Investigación, Cornel Borbely. Dos movimientos que concentran en las manos de Infantino incluso más poder que el que llegó a tener su predecesor. Poder, sobre todo, para no ser tocado.

Parte medular de la crisis de FIFA (de la que es consecuencia el desgaste de su imagen, del que es consecuencia la severa caída económica), se debió a no disponer de esquemas genuinamente independientes que evaluarán y juzgarán el proceder de los directivos. Sólo así podrían evitarse los sobornos por elegir sede mundialista, los votos a cambio de donativos del organismo a cada Federación local (con el programa Goal), la relevancia de prohibir costosos regalos, los intereses políticos que inevitablemente pretenden mezclarse, hasta las plazas mundialistas tan llenas de disputa porque representan dinerales para cada Confederación continental. Por ejemplo, Eckert encabezó el proceso que echó fuera a Joseph Blatter y Michel Platini, por el injustificado pago de 2 millones de euros del primero al segundo.

Nada será en esta nueva FIFA, si no se cuenta con esas tres figuras en pleno gozo de autonomía: Comité de Ética, Comite de Investigación y Comite de Auditoría.

Los tres se han ido en un lapso de un año, con lo preocupante que resultan las investigaciones y casos abandonados a la mitad. Alguno incluso en contra de Blatter.

Hans Joachim Eckert asegura que el proceso de reforma de la FIFA está muerto. Desde la FIFA hay críticas al desmedido gasto en la gestión de este juez.

Lo único no permisible en FIFA es que esos Comités actúen sin autonomía. ¿Queremos que no se vuelva a vender la concesión de una sede? ¿Deseamos que sea presidente quien tenga mejor proyecto y no quien distribuya más cheques? ¿Pretendemos que todo cuanto se haga en la fortaleza del balón en Zúrich, sea desinteresado, sea exclusivo por el bien del juego? Entonces más le vale a la administración de Infantino permitir que lo que empiece en las viejas oficinas de Scala, Eckert y Borbely, sea con absoluta soberanía.

Visto lo visto, no hay elementos para ser demasiado optimistas.

El principal problema de la Federación Mexicana de Futbol es su falta de órganos autónomos, el que los comités que deberían evaluarla, están a las órdenes de quien les contrata; reflejo alarmante de lo que pasa en la FIFA hoy más que nunca.

Twitter/albertolati