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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

Una fotografía ha triturado los esfuerzos rusos por modificar su imagen de discriminación rumbo al Mundial del 2018: se trató de un desfile en la ciudad de Sochi, sede de la Copa Confederaciones, con rostros pintados de negro y plátanos colgados del cuello, como burdo intento por representar o simbolizar a la Selección de Camerún. A diferencia de buena parte de los medios de comunicación europeos occidentales, que han arremetido contra las autoridades rusas por haber organizado ese evento, lo que percibo en el acto no es precisamente maldad; más bien ineptitud o, acaso, un racismo tan encarnado que ya es inconsciente, que resulta imposible frenarlo. Porque a sabiendas de que el mundo está viendo y de que cuanto haga Rusia (máxime si está enfocado al Mundial) será analizado con lupa, nadie pensó que esa forma de disfrazarse de Camerún resultaría ofensiva. Y nadie lo pensó, porque quizá eso de los plátanos vinculados a personas de África les parece normal.

Ningún punto de partida es peor que la negación, ningún problema se resolverá si se abre con la premisa de que no existe.

Así como en otros sentidos he insistido en este espacio que a Rusia se le juzga con mayor predisposición, desconfianza, agresividad, que a otros países, en el tema de racismo ya hemos insistido el error enorme que cometió la FIFA tiempo atrás. Inicialmente asignó como inspector anti-racismo rumbo al Mundial al ex futbolista Alexei Smertin, quien antes había osado declarar: “No hay racismo en Rusia, porque no existe. Es algo que se da contra el equipo rival, no contra una persona en específico. El racismo en Rusia es como una moda. Llegó de fuera, de diferentes países. Nunca antes estuvo aquí. Hace 10 años algunos aficionados podían dar un plátano a un jugador negro, pero era sólo por diversión. Creo que los medios están generando una imagen errónea de Rusia”. Con esas palabras como preludio, no nos sorprendió que poco tiempo después fuera cerrada esa comisión, bajo pretexto de “se ha completado esta misión”; como si una serie de actos vacíos e iniciativas sin seguimiento pudieran modificar un odio tan irracional como impregnado en el imaginario colectivo. Visto lo de esa fotografía, que el mismo gobierno de Sochi colocó en sus medios, el problema es mucho más grave de lo que se temía. Los 100 incidentes de racismo en el futbol ruso durante los dos años pasados, no podían ser mera casualidad o, como el iluso Smertin insinuaba, simple moda.

Twitter/albertolati