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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

Un ciclo de sanación ha de ser completado: una nueva victoria ante Estados Unidos, como la conseguida a mediados de noviembre en el otrora inexpugnable Columbus, y la Selección Mexicana realmente podrá presumir que la crisis anterior al 7-0 de Chile estará superada –olvidada no, en el futbol como en el resto de los amores, eso es más complicado.

Una racha que, decía ayer en este espacio, por lucir tan sencilla puede parecer normal, aunque apenas tiene precedentes en la historia reciente de eliminatorias mundialistas (sólo rumbo a Alemania 2006, el Tricolor acumuló cinco victorias y un empate en las primeras seis jornadas del Hexagonal).

Pero es Estados Unidos y ante ese uniforme todo se eleva a otra dimensión. Ahí sí, nadie recordará el bajo nivel de la CONCACAF ni alegará la peculiar suerte de eliminarse en un hemisferio tan débil futbolísticamente. Ante ese rival al que México tuvo sometido durante medio siglo y al que en los años noventa vio crecer hasta imponerse, las caídas duelen más y los errores tienen nulo margen de disculpa.

Es la vecindad mediante la frontera más cruzada del mundo. Es un largo historial de conflictos, invasiones, pérdidas de territorio, oposiciones, discriminaciones. Es un choque cultural, entre la América hispana y la anglosajona, que no termina. Es un intercambio tan permanente que hoy nuestros vecinos no lograrían explicarse a sí mismos sin hablar de la presencia mexicana en sus dinámicas sociales –por mucho que sus autoridades actuales lo intenten.

Es, también, el único deporte en el que por mucho tiempo fuimos capaces de clamar que éramos superiores. Entonces, como ahora, la pasión en México resultaba mayor, pero sus estructuras futbolísticas van elevándose hasta dejarnos atrás; lo anterior, bajo el beneficio de un gran sistema de detección de talentos, tan probado en otros deportes y de a poco integrado a lo que llaman soccer.

Diluida la relevancia que uno y otro daban a sus respectivas religiones mayoritarias (respectivamente, catolicismo y protestantismo), esta otra religión fue tomada por los mexicanos como diferenciador, como prueba de nuestro valor, como venganza por tantos otros campos (tecnológico, académico, económico, olímpico) en los que estábamos resignados a no poder competir.

Las últimas paradas del clásico han sido Tricolores; el triunfo en Columbus del que ya no se recuperó su ex seleccionador Jürgen Klinsmann, vencer también en la final por el pase a la Copa Confederaciones 2017 en el interinato del “Tuca” Ferretti, o en las dos últimas finales de la Copa Oro que los vecinos han sostenido (2009 y 2011).

Si en la película Casablanca “siempre nos quedará París”, en este duelo Estados Unidos sabe que “siempre le quedará Jeonju”, donde en el Mundial 2002 propino a México una eliminación que nunca tendrá paliativo –a menos que en otra ronda definitiva de una Copa del Mundo, el Tricolor consiga echarlos del torneo.

Dos victorias ante Estados Unidos no se consiguen en eliminatoria desde el clasificatorio que llevaba a Alemania Federal 1974. De sacarse los tres puntos, todo un ciclo de sanación para el proceso de Osorio. La recuperación que comenzó en noviembre, conquistando a la fiera Columbus, ha de consolidarse este domingo en el estadio Azteca.
Twitter/albertolati