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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

No por las horrendas condiciones laborales bajo las que se erigen los estadios del Mundial 2022, ni por el marco de derechos humanos imperante en el emirato, ni por la limitada venta de bebidas alcohólicas que se ha anunciado, ni por las acusaciones de patrocinio de grupos terroristas desde el gobierno de Qatar, ni por el desbarajuste que implica desplazar el certamen al mes de noviembre, puede criticarse toda noción de esta Copa del Mundo. Son muchos factores, sí, pero no todos.

Qatar 2022, como muchos Mundiales antes, como muchas Copas del Mundo después, tiene una severa disyuntiva en materia de alojamiento: si levantan habitaciones suficientes para cuanto aficionado viaje a este evento, se condenará a dar mantenimiento y no hallar uso a hoteles de diversas categorías. No es el primer país sede con esa problemática; de hecho, difícilmente hallaremos algún sitio que no haya cargado con esa situación.

Desde el Comité Organizador se ha invitado a que quienes no tengan presupuesto mayor, acampen en su desierto. Situación que, más allá de la interesante experiencia que para los más aventureros representa, se vería fortalecida tanto por el agradable clima de fin de año en Doha (unos 26 grados centígrados), como por la ubicación muy cercana de todos los escenarios (consideremos que Qatar es, con diferencia, el anfitrión más pequeño en la historia mundialista).

En todo caso, la respuesta desde los medios de comunicación europeos ha sido por demás airada, como si nunca antes aficionado alguno hubiese acampado al acudir a un Mundial. Por dar algunos ejemplos: Sudáfrica 2010 utilizó escuelas en la periferia de Johannesburgo para alojar a turistas; Alemania 2006 lo hizo en campos entre ciudades y, emergentemente, hasta en una estación de trenes.

El problema del alojamiento, como de los presuntos sobornos para adquirir la sede del Mundial 2022, es grave, aunque no por ello privativo de Qatar.

Bien haremos en concentrarnos en lo verdaderamente preocupante del torneo; empezando, sí, por cómo se trata a quienes construyen los estadios; continuando, también, por cómo será el calendario futbolístico con una Copa del Mundo que irá de noviembre a diciembre.

En cuanto al alojamiento, nada nuevo. Quien tenga presupuesto mayor, pagará por un hotel. Quien viaje con mayor modestia, tendrá a la mano esa alternativa…, y no será la primera vez.

Twitter:@albertolati