imagotipo

Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

Entre todas las islas que componen San Petersburgo, la de Krestovsky nunca se distinguió por exhibir alguno de los imponentes palacios o iglesias que hacen única a esta ciudad. Sí, por ser vista desde más de un siglo atrás como la sede del deporte.

Canotaje, gimnasia, tenis, el futbol cuando finalmente llegó de la mano de marineros británicos, encontraron su casa en ese pequeño pedazo de tierra.

Ahí estuvo el primer estadio del Dynamo de San Petersburgo, destruido en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y sucedido por otro en 1950 –ese en el que en 1957, Yuri Stepanov diera un punto a la Unión Soviética en la Guerra Fría al romper la marca mundial de salto de altura.

Justo en el polo opuesto de la isla, está también el futurista escenario que albergará este domingo la final de la Copa Confederaciones, lo mismo que una semifinal mundialista en 2018. Escenario que, como antes Stepanov, filtreó con el libro de lar marcas al haber demorado su construcción en nada menos que ocho años y con un sobrecosto estimado en más del 500 por ciento. Escenario que, más allá de su espectacular fachada, vuelve a estar contra el tiempo en un intento de arreglar su césped para la final del domingo.

Cancha que desde hace varios meses ha sido un quebradero de cabeza para los organizadores; primero, por haber dado muestras de inestabilidad y vibración; después, por un estado tan lamentable que el técnico del Zenit, Mircea Lucescu, no dudó en regresar a su equipo al viejísimo estadio de la isla Petrovski –al igual que el original del Dynamo, golpeado por bombarderos nazis durante el Sitio de Leningrado.

Por seguridad, la entrada oeste a la Isla Krestovsky, justo donde está la Arena mundialista, hoy sólo es posible a pie. Resulta necesario caminar unos siete kilómetros desde antes del puente para llegar a la cara opuesta, donde se ubica el viejo complejo del Dynamo. Ahí, el monumento que recuerda el partido más conmovedor en la historia del país, cuando la entonces llamada ciudad de Leningrado estaba sitiada por las tropas alemanas y se le apodaba Ciudad de la Muerte: qué mejor forma de mostrar que ese pueblo respiraba y recuperar esperanza, que jugando simbólicamente ese partido de futbol (de hecho, en el museo del Sitio de Leningrado me encontré con un panfleto de propaganda soviética que mostraba un gol a los invasores fascistas, alusión a tan estremecedor cotejo en medio del hambre y la tragedia).

Entre esos dos estadios, un espectacular parque que promete ser perfecto para los aficionados en el Mundial: antes de acudir al partido o incluso sin boleto para hacerlo, sitio idóneo para pasear, tomar un café, reunirse, compartir una cerveza.

La casa del deporte peterburgués es la Isla de Krestovsky, que se puede traducir como Isla de la Cruz.

Cruz que el Comité Organizador necesita quitarse de encima resolviendo en tiempo marca la enésima problemática de este estadio. Ocho años de demoras y los obstáculos no terminan.

Twitter/albertolati