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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

NINGÚN punto de partida es peor que la negación, ningún problema se resolverá si se abre con la premisa de que no existe.

El recién nombrado inspector anti-racismo rumbo al Mundial de Rusia 2018, declaró meses atrás: “No hay racismo en Rusia, porque no existe. Es algo que se da contra el equipo rival, no contra una persona en específico. El racismo en Rusia es como una moda. Llegó de fuera, de diferentes países. Nunca antes estuvo aquí. Hace diez años algunos aficionados podían dar un plátano a un jugador negro, pero era sólo por diversión. Creo que los medios están generando una imagen errónea de Rusia”.

Es Alexei Smertin, ex capitán de la selección rusa y quien tuviera un largo periplo por la Premier League inglesa. Palabras, reitero, proferidas no al tomar el cargo sino unos meses antes, porque al asumir este nuevo puesto reiteró que “se hará un gran esfuerzo para patear al racismo y la discriminación fuera de la historia del futbol en este país”.

Lo primero que hace falta decir, tanto ante sus viejas (y tan negacionistas) posturas, como ante su actual (y muy poco comprometedora) visión, es que la discriminación ya es parte no sólo de la historia del futbol de ese país, sino de ese país en general. Contra religiones, contra minorías étnicas, contra ideologías, contra determinadas preferencias sexuales, el actual territorio ruso ha padecido desde tiempos inmemoriales ese tipo de circunstancias –y, como consecuencia, ataques, encarcelamientos, torturas, maltratos, confinaciones, abusos.

No es el único pueblo manchado por ese mal, imprescindible aclararlo. De hecho, la abrumadora mayoría tiene algún pasaje obscuro, segregacionista, supremacista si busca atrás. Sin embargo, sí es uno de los que han tardado más en erradicarlo.

Tengo la firme convicción de que el documental mostrado por la televisión británica unos días atrás, es desproporcionado y un tanto alimentado por el choque entre estos dos gobiernos. Es cierto lo que refleja, es cierta esa cultura de pseudo-animación en Europa Oriental, es cierto el extremismo político que los acompaña al estadio, pero no que se pretenda convertir al Mundial 2018 en un festival de emboscadas y violencia. Si en un sitio es posible controlar a los hooligans rusos, es precisamente en su cuna. Basta con preguntar a cualquier cabecilla de un grupo ultra sobre sus intenciones, como hizo el documental, para que se envalentone. Rusia puede darse muchísimos lujos y permitirse muchísimos excesos, pero no le conviene proyectar su país, en pleno Mundial, ante infinidad de cámaras, como zona de agresión. Y si no le conviene, sabrá erradicarlo.

Un documental excesivo. Tanto (o casi) como la negación del problema del racismo a cargo de quien ahora ha sido asignado para evitarlo en el próximo Mundial. No, no fue una moda. No, tampoco fue copiado de otras culturas. No, no puede considerarse diversión el dar un plátano a un negro. El racismo existe: en los estadios y fuera de ellos; en el futbol y antes de él.

Twitter/albertolati