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Desde tierras mundialistas

  • Alberto Lati

No es la primera vez que un sitio sometido a permanente amenaza de terrorismo, a sus tragedias y paranoias, está por recibir un mega evento deportivo. Sí lo es, al menos en épocas contemporáneas, la más pronunciada.

Los terribles atentados con los que San Petersburgo abrió esta semana, fueron al mismo tiempo un recordatorio de esa problemática adicional que acarrea el próximo Mundial: que Rusia, en su vastísimo territorio, vive bajo ese constante riesgo.

Desde que a fines de 2010 se iban entregar las sedes mundialistas de 2018 y 2022, los analistas se referían con precaución al contexto ruso: el por entonces reciente conflicto con Georgia por la región de Osetia del Sur; la cercanía de sus fronteras respecto a varios frentes abiertos en sitios como Afganistán y, en mucho menor medida, Azerbaiyán-Armenia; la tensión en la zona de Chechenia y Daguestán, ya con varios precedentes trágicos tanto en la intervención rusa como en la respuesta terrorista de la insurgencia islámica; las perspectivas de una crisis con Ucrania, finalmente desatada cuatro años después; e, imposible sospecharlo en ese instante cuando ni siquiera estábamos familiarizados con el concepto del Estado Islámico y cuando la llamada Primavera Árabe aún no había comenzado a extenderse cual pólvora por Túnez, Egipto, Libia, Bahréin, Yemen: el rol que el Kremlin asumiría como primordial aliado del gobierno sirio en esa guerra sin fin.

Desde el 2010 ya sabíamos que el Mundial del 2018 se efectuaría en un contexto convulso, pero no podíamos imaginar que lo sería tanto más conforme se aproximara la cita.

Tras la Eurocopa 2016, en la que se dieron varios incidentes de hooliganismo que implicaron a seguidores de la selección rusa, el tema del terrorismo se vio desplazado. Violencia en las gradas, enfrentamientos entre barras rivales, racismo, fueron colocados en el pedestal de lo prioritario, olvidándonos por un momento de lo más relevante: la dificultad para blindar un territorio tan inmenso y que hace frontera con 16 países, así como para defenderlo de tantas amenazas distintas, pero  a la vez simultáneas.

En específico, una sede no sólo del Mundial sino también de la ya muy cercana Copa Confederaciones, se ubica a no tanta distancia de la zona más delicada que es el Cáucaso Norte: Sochi, que ya tuvo sus Olímpicos de invierno en 2014, sin incidentes de este género. A unas semanas de su inauguración, ante un severo atentado en Volgogrado (otra sede mundialista), grupos extremistas insistían en que el evento era su blanco, algo que no se materializó. Un cerco de 100 por 40 kilómetros se cerró, garantizando la seguridad de esos  Juegos Olímpicos.

Londres 2012 suponía tantos temores como para haber colocado plataformas antimisiles en los alrededores del estadio; Beijing 2008 vivió a días de su apertura un incidente en el Turquestán chino; cada que Estados Unidos ha sido sede, lo ha hecho en estado de máxima alerta y su único suceso que lamentar (la bomba del Parque del Centenario en Atlanta 96) no tuvo que ver con extremismo religioso.

Rusia 2018 no es la primera vez, pero, sin duda, la que más temores supone. Ante ataques como los solitarios perpetrados en Francia o Inglaterra, como ante los muy sofisticados que estremecieron este lunes a San Petersburgo; tanto por lo que acontece a su interior en el Cáucaso, como por lo de sitios vecinos o por el papel de su ejército en Siria.

Twitter/albertolati