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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

RESULTA tan trillado hablar de un nuevo orden mundial, que empieza a sonar a pleonasmo. Como sea, la firma de un convenio entre el gigante chino Ali Baba y el Comité Olímpico Internacional, da para numerosas lecturas.

Por principio de cuentas, es el contrato más grande y costoso en la historia de los Olímpicos. Fiel a sus dominios, Ali Baba se ocupará del e-comerce (por ponerlo en términos sencillos, venta por internet), pero también con pauta para involucrarse en la hasta ahora caótica distribución de boletos y numerosos servicios desde la red: respaldo seguro de información, empleos, voluntarios, el recién lanzado canal oficial, logística, análisis de datos y los etcéteras que usted desee (o que se le ocurran al genio propietario de la empresa, Jack Ma: ¿registros atléticos, registros de dopaje, curvas de rendimiento, comportamiento de redes de apuestas, preferencias de los consumidores/aficionados?)

Acuerdo tan voluminoso que no se conocen sus exactas cifras, no exageraremos al afirmar que es la rúbrica más importante en tres décadas para el movimiento olímpico. Se habla de 800 millones de dólares por diez años, a cambio de máxima presencia de marca y exclusividad en su rubro. Así, Ali Baba se adelanta en el camino a todos los gigantes Occidentales de internet (por ejemplo, Amazon, eBay o Google) y marca territorio rumbo a los próximos tres Olímpicos que serán en Asia (de invierno en Corea del Sur en 2018, de verano en Japón en 2020, de invierno en su país China en 2022) Pero, además, confirma de dónde vienen hoy los millones que hacen posible la industria deportiva: si tiene buen rato que los mega-eventos se organizan en naciones BRICS, los sponsors inclinan en eso.

Vayamos por partes. A raíz de los escándalos de corrupción en la FIFA, varios patrocinadores de élite retiraron su apoyo al Mundial de futbol; esos cupos han sido tomados por el propio Ali Baba y otro mastodonte chino, Dalian Wanda. A eso se añade la rusa Gazprom, pilar también de la UEFA Champions League, o nuevos aliados de la Fórmula 1 como Petronas de Malasia y Sahara de India. Es decir, que sea porque ya no puede, sea porque ya no quiere, Occidente invierte cada vez menor porcentaje del dinero en el deporte.

Desde el punto de vista político, el anuncio se dio a unas horas de que Donald Trump fuera ungido presidente, con toda la rivalidad desatada con Beijing, justo cuando más adormecida luce Europa y cuando China se erige como inverosímil defensor de la apertura de mercado.

Muchísimos billetes le han ayudado a darse cuenta, pero finalmente el COI ha sabido entender la inercia del mundo; inercia no sólo financiera, sino social, cultural, geopolítica.

Apenas en 2008, el COI se frustró al no poder liberar de censura el internet durante los Juegos de Beijing; curioso que sólo nueve años después, la empresa con mayor valor de mercado de este país se vaya a ocupar de toda la parte cibernética del olimpismo.

Otros vientos soplan no sólo en Lausana, sede del COI, sino en todo, todo, todo, el orbe. ¿Nuevo orden? Tan evidente, que repetirlo ha perdido sentido.

Twitter/albertolati