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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

ANTES incluso de que revivieran los Juegos Olímpicos, Pierre de Coubertin mencionó aquello de “Más rápido. Más alto. Más fuerte”. Producto de una época en la que la veteranía todavía se juzgaba como valor y no como deficiencia, a nadie se le hubiera ocurrido añadirle cosa así como “Más joven”.

Sin embargo, en las últimas décadas la norma ha sido que los registros de edad se vayan reventando hacia abajo. Ya con las gimnastas, a quienes debieron ponerles un límite en los 16 años, ya con los futbolistas consagrados ahora desde antes de cumplir la veintena, ya con los basquetbolistas que van tomando la moda de brincar a la NBA antes de pasar por el esquema universitario; sobre todo con los tenistas, quienes apenas unos años atrás se resignaban desde los 27 años a que la jubilación estaba muy cerca.

Por eso resulta tan emocionante la reivindicación de los treintañeros acontecida en el presente Abierto de Australia: tener tanto en final varonil como femenil a puros raquetistas que vienen brillando desde inicios o mitad de los dosmiles, tres de ellos ya participantes en unos Olímpicos tan lejanos como los de Sydney 2000, promedio de edad entre los cuatro de 34 años.

Una vez que Nadal se impuso a Dimitrov en el cotejo semifinal, el clamor apuntó a que estamos ante la última definición de un gran título entre Rafa y Roger Federer. Aseveración que podría probarse apresurada y errónea. Al nivel visto, con esa disciplina, con ese amor al juego, con almas tan insaciables, no me extrañaría que este año volvamos a ver el gran clásico de la década pasada en pleno Grand Slam.Tras varios certámenes en los que les costaba competir y donde era abrumadora la superioridad de Nole Djokovic o Andy Murray, los dos gigantes han demostrado que pueden doblegar a cualquiera, con piernas suficientes para ir a cinco sets, con mentalidad y pulmones para pelear agónicamente cada bola.

Una vez que eliminó a Stan Wawrinka en semifinales, Federer mismo admitía: pensó que ya sólo jugaría contra Rafa en juegos a beneficencia, cargados de la nostalgia de un pasado donde todo fue mejor. Pues bien, al menos por este fin de semana, al menos por este inicio de 2017, al menos en la lucha del primer gran cetro de este año, el presente es tan luminoso como esa trepidante final de Wimbledon en 2008, catalogada como el partido más maravilloso de todos los tiempos.

En cuanto a las Williams, basta con decir que la polémica por sus encuentros data de 2001, cuando Venus abandonó por lesión y se especuló que había sido artimaña para ceder el título a la entonces emergente Serena.

Gran fin de semana deportivo éste que ha arrancado desde la madrugada con la final femenil y que seguirá más tarde con la varonil.

Y es que no olvidemos: cuando Coubertin clamó aquello de “Citius. Altius. Fortius”, tuvo la sensatez de no referirse a la edad, sino meramente a la capacidad.

Twitter: /albertolati