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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

QUIENES no se resignan a que el beisbol se limite a lo que acontece en Grandes Ligas, pensaron que su salida del programa olímpico tras Beijing 2008 constituía un verdadero acabose.

Pocos deportes definieron con base en geopolítica, su presencia tan marcada en determinadas zonas del mundo. Es el caso del cricket, practicado allá donde el Imperio Británico logró extender sus brazos (India, Sudáfrica, Pakistán, Australia), pero también del beisbol, de gran penetración en los sitios donde hubo mayor hegemonía cultural o militar estadounidense: el Caribe, el Lejano Oriente, Panamá al abrirse el canal, México y Canadá como vecinos.

Así que con suficientes países apasionados por esta disciplina, pero sin el medidor de niveles en que se habían convertido desde los Juegos Olímpicos Barcelona 1992, algo tenía que inventarse. Y ese invento fue el Clásico Mundial que en marzo disputará su cuarta edición y que seguirá adelante pese a que el beisbol está de regreso en el olimpismo luego de dos ciclos de ausencia.

Todo un laboratorio previo a lo que acontecerá en Tokio 2020, con el equipo japonés en búsqueda de su tercera corona, con hasta seis peloteros de los Hawks de Fukuoka. Esos mismos Hawks que en los años sesenta se vieron envueltos en un buen enredo con las Grandes Ligas.

Masanori Murakami, pitcher estrella de los Hawks, había viajado a Estados Unidos para efectuar prácticas y estudios. Ahí, su talento fue detectado por los Gigantes de San Francisco, pioneros tanto en reclutar talento nipón como en explotar el poder de mercadotecnia de un jugador con el que se identificaran minorías en su ciudad (recordemos la gran población del Lejano Oriente en San Francisco; recordemos también que los Gigantes recién se habían mudado a la gran bahía californiana tras más de medio siglo en Nueva York) Así, Murakami fue el primer japonés en Grandes Ligas, hasta que los Hawks lograron reclamar lo propio y llevárselo de vuelta.

Ya después vendrían figurones como Hideo Nomo, como Hideki Matsui, como Ichiro Susuki, como Koji Uehara, como Yu Darvish, pero antes tuvo que llegar la paz entre estos dos beisboles tras la ofensa que representó lo que los japoneses veían como el “robo” de Murakami.

Ya tenemos de nuevo beisbol en Olímpicos y el retorno será en Tokio, ciudad que ama como pocas a la pelota caliente. De la ausencia de la pelota caliente en Londres 2012 y Río 2016, surgió algo muy positivo: parir ese gran Clásico Mundial.

A todo esto, para entender la profundidad del vínculo de los japoneses con el rey de los deportes, basta con recordar que casi toda su terminología futbolera, es en palabras inglesas pronunciadas a la nipona (ejemplos: gol es goru, portero es goru-kipu, de goal-keeper); eso casi no sucede en un beisbol, instalado en este archipiélago desde muchísimas décadas antes, cuando el emperador Meiji mandó traer de Estados Unidos a todo tipo de especialistas, para convertir en potencia industrial lo que antes era un territorio rural.

Twitter: @albertolati