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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Mientras que la mal llamada nueva FIFA nos pierde en su poca atención al juego y a lo que se supondrían prioridades de un organismo responsable, el Comité Olímpico Internacional ha dictado una nueva cátedra.

Si la primera fue con el equipo de refugiados en Río 2016, con todo lo que eso representó en materia de concientización, de inclusión, de llamado a los gobiernos, y la segunda con los candados al gasto extremo que se pretende imponer a las ciudades sede, la tercera ha llegado esta semana: en el contrato que se firma al conceder unos Olímpicos, exigir que el anfitrión se pliegue a los Derechos Humanos.

Eso significa que quien vaya a recibir el fuego de Olimpia, tendrá que erigir sus instalaciones bajo una base laboral sensata, sin opresión, en un marco de seguridad y cuidado de la integridad de los trabajadores. Significa, también, libertad de prensa para reportar y publicar investigaciones en ese sentido. Significa, además, un compromiso de no contaminar, de respetar el medio ambiente (el Mundial de Alemania 2006 fue pionero en ese sentido, al compensar el daño propiciado por sus construcciones, con programas que disminuyeran la emisión de gases en otros puntos del planeta). Y significa, en un punto que será medular, prohibir el desalojo de personas, la expulsión de sus casas, para abrir espacio a los escenarios deportivos; si se requiere un terreno, se tendrá que negociar y convencer por las buenas.

Los desalojos se han convertido en una norma. Sucede también con Mundiales, pero en mucho mayor medida con Olímpicos, por la necesidad de conseguir vastas zonas para reunir muchas instalaciones en un complejo. De eso pueden hablar los habitantes de la Villa Autódromo de Río o el procesador de salmón ahumado que llevó a los tribunales al Comité Organizador de Londres 2012 ante la obligación de salirse; mucho más, las decenas de miles de casas que se demolieron para dar sitio a Beijing 2008.

Luego vendrá otro tema: que la declaración de Derechos Humanos implica no discriminar por faceta alguna, y la comunidad LGBT, como toda religión e ideología, deberán salir reforzadas.

Gran paso el del COI. Para estar orgullosos de lo que el fuego olímpico vuelve a defender y desencadenar.

A partir de eso, una súplica: no pueden entregar las sedes de 2024 y 2028 en la sesión de este año; no pueden romper las reglas con esa impunidad; no pueden hacerlo sin haberlo anunciado con antelación. En el fondo está su pavor a no tener ciudades candidatas para la siguiente votación, al notar que poquísimos pueblos quieren ya ese festival deportivo en su casa.

Así como se han apegado a ideales de Derechos Humanos para entregar una sede, así como buscan bajar el costo del evento, aparecerán buenas opciones para organizarlos.

Twitter/albertolati