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Desde Tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

  • Alberto Lati

IMAGINEMOS el rocambolesco escenario: a unas cuatro horas del partido, 20 de los aficionados más violentos y calificados de las Selecciones que juegan ese día, se enfrentan a golpes en una explanada cercana al estadio.  ¿Cómo decretar al ganador? ¿Habrá antidoping? ¿Qué límites de daño poner a la batalla? ¿Cómo prevenir que algunos ultras, contagiados por esa feria de la agresión, se incorporen a la trifulca? ¿De qué forma conseguir que al término de la campal, haya deportividad, saludos, intercambio de uniformes, respeto al siempre discutido árbitro, ambiente agradable para proceder al cotejo de futbol? Antes que eso, ¿Cómo configurar las Selecciones y hallar el estratega más adecuado para dirigirlas, sin que eso, a su vez, desemboque en otras peleas? Hagan de cuenta, un Fight Club como el visualizado por el genial cineasta David Fincher, en el que dos rostros sangrados se abrazan y agradecen por la seriedad concedida al compromiso, sólo que en pleno Mundial y con el patrioterismo que suele caracterizar a este evento, con himnos y banderas, con disfraces folclóricos y cantos vernáculos. Así, la extraña propuesta del parlamentario ruso, Igor Lebedev, de legalizar y regularizar el hooliganismo para la próxima Copa del Mundo. Vale la pena mencionar que el hooliganismo es tan antiguo como el futbol reglamentado mismo. La palabra viene de un rijoso irlandés de fines del siglo diecinueve, llamado Patrick Hoolihan, y aparece ya en textos de Sir Arthur Connan Doyle de 1904. Desde entonces, el volumen de la violencia en el deporte ha variado, aunque jamás llegando a desaparecer. En los Mundiales, su clímax se vivió en los años ochenta y noventa, justo cuando los equipos ingleses fueron suspendidos largamente de torneos europeos. For England!, gritaba un líder y, cual cruzada, la febril turba lo seguía. Desde entonces, el fenómeno decreció y se modificó; ante el mayor y mejor control de las autoridades, los hooligans que han querido intercambiar golpes, han hallado dónde y cómo hacerlo. Europa se enorgulleció de esa gráfica descendente (Sudamérica, el Medio Oriente y el norte de África han seguido otras curvas), hasta la pasada Eurocopa, cuando fanáticos rusos se comportaron al nivel de los británicos en sus peores años (felicitado su brutal desempeño por el propio Lebedev). Afán de romper la ley y refutar a la autoridad; asumir en grupo la fuerza que no se tiene como individuos; clamores contra una sociedad y un futbol que ha descartado a muchos; nacionalismo mal entendido; regresiones a estados anteriores de la civilización; manipulación política; nociones supremacistas y racistas; simple gusto por el pleito… Los motivos son muchos y analizados en varias tesis. Como sea, la propuesta de Igor Lebedev aspira a ser la más absurda de cuantas hagan los políticos en el planeta en este año. Eso sí, puede servir como argumento para el guion de una serie basada en unos tiempos extraños, tan extraños como los actuales.

Twitter/albertolati