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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

La única adversidad o vulnerabilidad que acarreaba la candidatura de Tokio a quedarse con los Juegos de 2020, era esa: el reciente tsunami que había generado una crisis radioactiva en la ciudad de Fukushima.

El desastre nuclear de la estación de Daiichi había sido en marzo de 2011 y la votación de la sede aconteció en septiembre de 2013, es decir, casi dos años y medio que no alcanzaban a disipar los temores. No, porque por entonces como aun ahora, un cúmulo de voces enfatizaba: tomará a Japón unos cuarenta años el borrar de sus aguas, de sus aires, de sus bosques, de sus espacios, todo el material que se desbordó del reactor.

Por ello, en pleno lanzamiento de Tokio 2020, ya en la clausura de Río 2016, Japón reiteró la palabra “arigato”, agradecimiento por todo el apoyo que recibió durante ese episodio y a quienes, pese a eso, le dieron la confianza de albergar unos Olímpicos.

Desde un inicio existía la intención de organizar en Fukushima alguna competencia, manera de mostrar al mundo que el problema está superado. Pues bien, la intención hoy se convirtió en realidad y el beisbol tendrá una serie de partidos olímpicos en esta localidad. Giro insospechado: como si el viaje a Tokio, a unos 250 kilómetros de Fukushima, no generara suficientes miedos, ahora habrá una porción de los Juegos a pocos minutos de la estación de Daiichi.

Un par de anotaciones fundamentales.

Primero, nada tiene de nuevo que quien recibe un mega evento deportivo, decida llevarlo al sitio que en el exterior es visto con discusión o suspicacia. Por mencionar un caso irresponsable, el craso error de la Copa África 2010, cuando el gobierno angoleño se empeñó en jugar partidos en la provincia separatista de Cabinda (el resultado: un comando paramilitar atacando al autobús de la selección de Togo); por pensar en dos positivos, sinónimos del despertar y la esperanza, los esfuerzos de Chile en 1962 por mantener cotejos en Villa del Mar, tan devastada por el terremoto de dos años antes, o los de Corea-Japón 2002 por no excluir a Kobe, casi borrada de la tierra por otro fuerte temblor.

Segundo, y esto puede ser controversial, le creo al gobierno japonés. Si un país tiene los más altos índices y protocolos de seguridad, es el nipón. Llevar el beisbol a Fukushima no se haría sin las condiciones de salubridad y garantías necesarias; eso implicaría un daño a miles de ciudadanos locales que deberán desplazarse a ese sitio para la organización, así como a multitud de extranjeros. Habiendo padecido como nadie en la historia los estragos de la radioactividad, tras las bombas de Hiroshima y Nakasaki, Japón no se expondrá por un mero golpe de marketing a algo que no pueda controlar o no sea indicado. Nunca se repondría moralmente de ello y faltaría al luto de los miles de perecidos desde los ataques atómicos de 1945, mutaciones y afectaciones que se prolongaron por muchísimas décadas en su población. Tokio 2020 ha tomado al toro por la parte más afilada de sus cuernos: el único punto de negativa a darle la sede, Fukushima, se acaba de convertir en parte integral de sus Olímpicos de verano.

Twitter/@albertolati