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Desde Tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

  • Alberto Lati

PROBLEMÁTICA tan recurrente, que casi podemos llamarle cíclica: las selecciones de Perú, Kuwait, Grecia, Nigeria, Guatemala, Etiopía, Irak; todas tienen en común haber estado recientemente suspendidas por la FIFA, acusadas de injerencia gubernamental en sus respectivas federaciones.

Al inhabilitar, la FIFA no suele distinguir, aunque en esa acusación quepan desde las más dañinas intervenciones políticas, hasta la urgente necesidad de acabar con las corruptelas en la gestión del deporte. Es decir, que no es lo mismo una federación politizada y manipulada para servir a los intereses de cierto régimen o funcionario, que aquella que necesita ser auditada para frenar la coladera de fondos –máxime cuando es común que parte de esos fondos provenga de los impuestos.

Ahora ha sido Mali, cuya selección ya está eliminada de la Copa del Mundo, mas dos de sus clubes vieron así truncada su participación en certámenes continentales.

Desde el gobierno del país africano-occidental, se ha contraatacado a la FIFA, clamando que Mali es una entidad soberana y, por ende, con derecho a resolver sus problemas de manera independiente. Sería imposible no estar de acuerdo con eso y más si, como parece, hay pruebas del desvío permanente de recursos que practicaba la ahora disuelta cúpula directiva del futbol maliense.

No obstante, debemos comprender la razón de esa medida que la FIFA comparte con el Comité Olímpico Internacional: que si no se coloca un tajante freno a todo gobierno que pretenda intervenir en el deporte, los posibles riesgos son infinitamente más que los posibles beneficios.

Dicho lo anterior, vale la pena mencionar que FIFA y COI han hecho como que no ven e incluso han aplaudido, cuando regímenes (a veces atroces y represivos) se han adueñado de varias federaciones de futbol y comités olímpicos nacionales. Pensemos en los hijos de Saddam Hussein en Irak o Muamar Gaddafi en Libia, pensemos en el sobrino de Robert Mugaba en Zimbabue, pensemos en la familia real en Arabia Saudita, pensemos en sedes mundialistas del pasado como Argentina en 1978 y del futuro como Qatar en 2022.

Es decir, la medida es necesaria, más a menudo muy relativa. Con toda probabilidad, de lo que ahora se acusa a Mali, es poco comparado con lo que varios “socios estratégicos” de la FIFA, han tenido permisividad para hacer.

La historia tendrá un fin ya conocido: el gobierno maliense terminará por doblar las manos y entonces volverán al cargo personajes que podrán reanudar sus desfalcos. ¿Por qué estoy tan seguro? Porque ningún mandatario está listo para explicar a su pueblo que por su pericia, la selección nacional ha quedado excluida de todo certamen.

Twitter/albertolati