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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Posicionamiento, atmósfera, traslado a una especie de parque temático tan atractivo para niños como adultos, todo eso ha de comenzar, ya en Olímpicos o en Mundiales, en pleno aeropuerto de la ciudad sede.

Brasil 2014, con los problemas de protestas y demoras en los estadios que padeció, confirmó que no se recuperaría de ese golpe de imagen al verse incapaz de saturar de decoración mundialista sus puntos medulares o de acceso; por entonces, varios aficionados locales me explicaban que en toda Copa del Mundo habían visto por doquier una vastísima presencia de banderas, copas FIFA, balones, rostros de jugadores…, menos en el que era en su propia casa. ¿La razón? El miedo a que eso desatara agresiones o reacciones de tantísimos brasileños opuestos a recibir el torneo.

Río 2016 seguiría un patrón similar, enfatizado con una manifestación de personal de salud, que clamaba a la entrada del mismísimo aeropuerto carioca: “¡Bienvenidos al infierno!”.

Eso, y no los aros, y no medallas, y no mascotas, y no fotografías de Bolt o Phelps, fue lo primero que algunos vimos al pisar la sede que aguardaba el fuego olímpico.

Comparemos esas situaciones con el inmenso Oliver Kahn que era el puente de entrada a Múnich tras aterrizar, o los aviones de Sudáfrica en 2010 llenos de festivos alardes futboleros, o el aeropuerto de Londres en 2012 convertido en todo un escenario atlético.

No cabe duda, la experiencia del mega evento deportivo empieza en el mismísimo aterrizaje y no puede esperar hasta acceder al primer estadio. Eso genera ambiente, ganas de comprar artículos conmemorativos, de ser parte de todo lo que el certamen supone.

Tokio 2020, con la vanguardia a la que nos tienen acostumbrados tanto el diseño como la tecnología en Japón, no podía quedarse atrás; por sus aires volarán los aviones más decorados que se hayan visto de cara a un certamen deportivo. A lo largo del cuerpo de la nave figuran exponentes de diferentes disciplinas (incluido un atleta paralímpico), además de los principales atractivos de esa capital: el monte Fuji, las torres Skytree y Tokyo Tower, el Rainbow Bridge que atraviesa espectacularmente la bahía tokiota, el templo de Asakusa, la flor de árbol de cerezo o sakura.

A la par de eso, podemos imaginarnos la metamorfosis que experimentarán los dos aeropuertos de la ciudad (Narita y Haneda), con un derroche de la inventiva nipona.

¿Es prioritario? No. ¿Es importante? Muchísimo. Aunque Brasil, con sus dos mega-eventos, siempre podrá decir que, ante ese escenario social, no le quedó alternativa.

Twitter/albertolati