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Desde Tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

  • Alberto Lati

NO hay peor error en la organización de un torneo, que ese que afecta a la competitividad, ese que termina por favorecer a uno de los contendientes y perjudicar a otro, máxime cuando se da como preámbulo al partido más importante que es la final.

“Aquel que no conoce su historia, está condenado a repetirla”, clama la frase atribuida a Confucio que tanta necesidad tiene de memorizar la triple sede norteamericana para el Mundial 2026.

Toda vez que ya ha quedado claro que Estados Unidos lleva algo más que la voz cantante en esta sede y albergará todo el certamen a partir de cuartos de final, resulta imprescindible regresarnos a uno de los episodios peor calculados en la Copa del Mundo de EUA 1994.

Las semifinales fueron jugados el mismo día, Bulgaria-Italia en el viejo estadio de los Gigantes en Nueva Jersey, Brasil-Suecia en el Rose Bowl de Pasadena. La única diferencia fue que el scratch ya no necesito moverse de la ciudad californiana donde también sería la final, al tiempo que los azzurri debieron tomar un vuelo de seis horas y media, para atravesar la Unión Americana de costa atlántica a costa pacífica; seis horas y media suficientes para que un equipo vaya, venga y vuelva a entrenar ante el común de los compromisos de Champions League.

Se entiende que por aforo de estadios, por capacidad hotelera, por infraestructura y movilidad, por peso social y cultural, Estados Unidos querrá priorizar a sus dos primordiales urbes de cara a las semifinales del 2026. Nueva York y Los Ángeles, en polos opuestos de su mapa, son las caras más visibles de esa geografía.

En todo caso, lo sufrido por Italia en 1994 debe servir de lección. Si una selección ha de atravesar tantos miles de kilómetros, la otra tiene que pasar por algo parecido y no esperarla plácidamente en la tina de hidromasaje.

Esa tendrá que ser una preocupación elemental en el calendario que la sede triple defina. Otro punto, ante el que nos habremos de resignar, será el clima en que se jueguen los cotejos. Buena parte de las ciudades estadounidenses tienen temperaturas muy elevadas en junio-julio. En un afán de buscar altas audiencias en Europa, África y Asia, los partidos tienden a ser programados al mediodía, lo cual resulta fatal tanto para el espectáculo como para la integridad de quienes juegan.

Siendo sincero, esa última batalla la veo perdida. Así como espero un calendario sensato, que no incline la balanza a favor de una selección con traslados tan diferentes, por antecedentes sé que el Mundial 2026, de ser en Norteamérica, se jugará en los horarios de mayor severidad meteorológica: audiencia es dinero y el dinero manda.

Twitter/@albertolati