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Desde tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

SI de los seres vivos se dice que nacen, crecen, se reproducen y mueren, con el presupuesto de los mega eventos deportivos también se puede tejer un patrón: se conceden, fijan un presupuesto, anuncian recortes de gasto y, al final, derrochan muchísimo más de lo inicialmente planteado.

Así, sin excepción alguna, todos los Olímpicos y Mundiales de épocas contemporáneas, así también los Olímpicos de Tokio 2020.

La capital japonesa comenzó hablando de algo más de 6 mil millones de dólares como costo de albergar ese certamen. Justo a mitad de camino desde que se le otorgó la sede y hasta la inauguración, la cifra va al doble: arriba de los 12 mil millones…, y contando.

Poco importa que durante largos meses su comunicación reiterara que se trabajaba de la forma más consciente y austera en aras de no dilapidar más dinero del establecido. Poco importan sus contenciosos con la federación de natación para no construir un nuevo Centro Acuático. Poco importa que se abandonara el plano inicial de remodelación del Estadio Nacional por ser demasiado caro. Poco importa que se repasara, renglón por renglón, el monto de instalaciones como las de canotaje y voleibol hasta disminuirlas en algunos millones de dólares.

Poco importa porque, siempre acontece, por cada pasito hacia delante en temas de ahorro, se dan tres para atrás en nuevos derroches. Máxime si como punto de partida se publicitaron montos insuficientes y a todas luces ajenos a la realidad, acaso formulados a la baja para convencer a los lugareños de que conviene ser anfitriones.

Tokio 2020 ha explicado que el contexto internacional y la amenaza terrorista le obligan a mayores inversiones. Lo ha explicado como si fuera novedad. La única sede que podrá quejarse eternamente de no haberlo sabido, fue Atenas.

Cuando resultó elegida para organizar el festival de 2004, la noción de peligro era otra respecto a lo que acontecería tras el 11 de septiembre de 2001 y la invasión estadounidense de Irak de 2003. Por ello, ahí sí, lo que los griegos habían destinado para equipo militar, inteligencia, operativos de seguridad, nada tenía que ver con lo que más adelante, ya embarcados, debieron soltar.

Londres gastó casi 20 mil millones en 2012 (el triple del número inicial). Considerando sus semejanzas con Tokio (economías caras, costo laboral y de metro cuadrado, necesidad político-cultural de impresionar al mundo) siempre fue previsible que terminaran con cantidades cercanas.

El tiempo lo va confirmando. Si a tres años del inicio Tokio 2020 va rumbo a los 13 mil millones, es que difícilmente cerrará su libro de cuentas con menos de 16 mil millones. Una pena, pero, al tiempo.

Twitter/@albertolati