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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Dinero, política, intereses, dopaje, amaños, corrupción, paradójicamente, en su momento de mayor popularidad, el deporte padece para tener legitimidad.

Justo en tan crítica coyuntura y a un par de meses de los Olímpicos que han tenido los preparativos más convulsos que se recuerden, la mejor de las noticias: ese equipo de refugiados conformado por diez atletas, cada uno sobreviviente de una historia más difícil que las otras.

Tres mensajes imperativos: el primero, de esperanza a los millones de seres humanos que se ven obligados a dejarlo todo para escapar de la barbarie, de la devastación, de la guerra, de la persecución; el segundo, de urgente acción a los Gobiernos del mundo que posponen acuerdos para remediar la mayor crisis de refugiados de la historia (es relevante recalcar: ni después de la Segunda Guerra Mundial, hubo tantos desplazados); y el tercero, para que todos en el planeta entendamos y asumamos que, de la noche a la mañana, podríamos convertirnos en refugiados.

He hablado antes en este espacio sobre la historia de Yusra Mardini. En escasos once meses habrá pasado de nadar en el Mar Egeo, jalando una frágil embarcación llena de personas que ni sabían nadar ni podían volver a casa, a nadar en el Centro Acuático de Río en plenos Juegos Olímpicos.

Siempre fue nadadora, pero al escapar del conflicto en Siria, bien hacía con darse por servida con sobrevivir. ¿Calificar a unos Juegos? ¿Volver a una piscina? ¿Repasar su técnica de braceo? Nada de eso estaba en su horizonte: solo salir con vida del Egeo y esperar ser reasentada en un país, solo despertar algún día libre y sin amenazas.

El resto de los deportistas de esta delegación proviene de Sudán del Sur, Etiopía y la República Democrática del Congo. El COI llegó a detectar hasta 43 refugiados que aspiraban a competir en Río de Janeiro 2016 y finalmente ha conformado esa lista de diez.

Río 2016 podrá ser recordado por muchísimas facetas, tanto al interior de la movida política brasileña como de los escándalos en la gestión internacional del deporte. Pero, también, por no haber dado la espalda a esa medular problemática, como sí lo han hecho muchos Gobiernos, lucrando políticamente con la discriminación o demonización de la población más vulnerable del mundo.

Los resultados de esos diez atletas, sus eventuales medallas, son lo de menos: con sólo verlos desfilando en la apertura de Río 2016, ya habremos honrado al simbolismo más maravilloso del fuego de Olimpia.

Twitter/albertolati