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Desde tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

Alberto Lati

Una semana después de haber tenido el privilegio de recorrer el Estadio Engenhão, los aros olímpicos ya han sido pintados en la pista atlética, en un tono azul más claro que el de la superficie. Ahora lo que falta, tan importante como que el escenario quede impecable, es que los dos más carismáticos e influyentes atletas que tendrían que competir ahí, finalmente lo hagan.

Por un lado, UsainBolt, triple medallista de oro en las últimas dos citas olímpicas y poseedor de los récords mundiales en 100, 200 y 4×100 metros, batalla para superar una inoportuna lesión en el muslo izquierdo. Por otro, Yelena Isinbáyeva, la mejor pertiguista de todos los tiempos y tres veces medallista olímpica, espera la resolución conjunta del Comité Olímpico Internacional y Federación de Atletismo para conocer si puede participar (o bajo qué bandera) en Río 2016.

Un Engenhão que ha tenido su alta cuota de polémica por el nombre. Fue nombrado Estadio Joao Havelange poco antes de que el ex presidente de la FIFA fuera declarado persona non grata por parte del COI; entonces quiso modificar a Estadio Nilton Santos, pero para efectos de Río 2016 (y más allá de que a la entrada del inmueble luce una imponente estatua del ex defensor de la selección brasileña) quedará como Estadio Olímpico –sin embargo, los locales le seguirán llamando Engenhão, en recuerdo de que ahí hubo ingenios azucareros.

Más que el nombre, me preocupa la movilidad. Bajo condiciones normales, los veinte kilómetros que lo separan del Parque Olímpico y la Villa Olímpica en Barra de Tijuca, se recorren en no menos de hora y media. La peculiaridad, ya planteada antes en este espacio, es que en tres de los últimos cuatro Juegos, el Estadio se ubicaba a pocos metros de la Villa Olímpica, trayecto que era un mero trámite en camiones oficiales. Así aconteció en Sidney 2000, Beijing 2008 y Londres 2012. La evidente excepción fue Atenas 2004, cuya Villa quedaba distante de casi todo: a 25 kilómetros de los escenarios costeros y a 15 km de los del complejo principal de OAKA.

Atenas logró salir de aquel enredo de traslados y alto tránsito, con el carril olímpico. El problema en el caso de Río 2016 es que parte del camino de Barra de Tijuca al Engenhao no tiene el espacio o las condiciones para dicho carril.

Más allá de todo lo anterior, el Engenhao es el Estadio Olímpico menos futurista de los últimos eventos, el que ha buscado apretarse más el cinturón en términos de desembolso, aunque su costo haya terminado subiendo mucho más de lo esperado.

Twitter/albertolati