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Desde tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

Los momios ya estaban desafiados desde que en la primera ronda de votación, Chicago, con todo y el discurso de Barack Obama, había quedado fuera. Los momios habían reventado todavía más, cuando en la segunda vuelta Río de Janeiro dio la voltereta a la favorita Madrid y tomó buena ventaja con la poderosa Tokio, incluso ya fuera de la competencia. Para ese momento, nadie podía sorprenderse de que en el Bella Center de Copenhague, en esa sesión 121 del Comité Olímpico Internacional, Río de Janeiro estuviera a punto de dar a Sudamérica sus primeros Juegos de verano.

Un video con imágenes aéreas de la siempre icónica geografía carioca: los mares, las bahías, el Pao de Açucar atravesado por ese funicular tan memorable en un filme de James Bond, naturaleza, gente haciendo deporte por doquier (como, sin duda, acontece a todo momento en Río más que en ningún sitio del planeta), todo al son del himno no oficial de la localidad, Cidade Maravilhosa. El eslogan era “¡Vive tu pasión!”

Madrid, en su tercer intento de ser olímpica, exhibía sus monumentos, presumía su oferta cultural, relataba su historia y sabor en un video de soberbia realización a paso de flamenco.

El ahora presidente del COI, Thomas Bach, aparecía entregando papeles al entonces titular Jacques Rogge, con rostro intenso, acaso intuyendo que ese resultado se convertiría en su primer gran evento de llegar a la silla grande del organismo.

Aplausos a Chicago y a Tokio, gracias por haber participado, y un ansioso Lula que aparecía a cuadro en el auditorio, seguido por Pelé a unos asientos; al tiempo, Raúl González, Arantxa Sánchez y Pau Gasol aguardaban en el bando rival.

Jonathan Edwards, plusmarquista en salto triple y maestro de ceremonias ese día, concedió la palabra a Rogge. Inoportunamente con tanta tensión, se hizo sonar el himno olímpico. Había que contener el aliento otro par de insoportables minutos.

Rogge habló bien de todas las candidatas y súbitamente giró el rostro hacia una rubia que cargaba un plato. Sobre éste, Thomas Bach colocó un sobre, que pronto llegó a manos de Rogge. Sostuvo al revés esa imagen de los aros olímpicos y recitó con su habitual parquedad: “Tengo el honor de anunciar que los Juegos de la trigésimo primera Olimpiada han sido concedidos a la ciudad de”. Ahí, batalló demasiado para sacar el papel, tres segundos de eternidad y escalofrío. Entonces exclamó esas tres palabras: “¡Río de Janeiro!”. La sala de congresos danesa se convirtió en grada de Maracaná gritando un gol: saltos, abrazos, banderas brasileñas, uniformes verdeamarelas, Pelé llorando y Lula como epicentro del frenesí.

Copacabana, justo donde siete años después hay una imponente instalación temporal para voleibol de playa, adelantaba el carnaval: ¿animadversión a los Olímpicos? Hay que ver esa emoción. Siete años que serían impensados para los cuatro contendientes: Chicago entraría a severas rachas de tiroteos y violencia; Tokio se impondría para poseer el 2020; Madrid caería en una terrible recesión y en cuotas de desempleo espeluznantes; y Río
, todo lo que sucedería en Río: con el mismo Lula, con su discípula Dilma, con un Pelé que perdería crédito, con la economía, con los escándalos de corrupción, con las protestas en la Copa Confederaciones, con las demoras, con el Mineirazo, con las finanzas desplomadas, con declaración de estar en calamidad pública.

Siete años de camino que terminan hoy. Río sufrirá tras los Juegos, como ya sufre desde mucho antes de ellos, aunque hoy le toca disfrutarlos y enorgullecerse albergándolos. Todo lo que pasó antes, debe quedar atrás. Todo lo que faltó, igual va a caminar. Todo lo que costó, igual dolerá.

Eso no cambia que hoy, día histórico, el fuego de Olimpia toca un pebetero no solo de Olimpia, sino del sur del mundo. A inspirarnos con él. A vibrar en él.
Twitter/albertolati