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Desde tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

Ya hubo otro día después, exactamente cuatro semanas atrás cuando habían terminado los Juegos Olímpicos.

Acaso, esos dos finales -el primero sin duda con más reflectores e intensidad, permiten que el cierre de estos periodos de Olimpiada no sean tan abruptos, todo un mes para disolver y culminar en definitiva el evento.

Como sea, Río 2016 ahora sí ha terminado y pertenece en su totalidad al pasado, a las hemerotecas, a la memoria. Cuatro semanas entre clausura y clausura, que han visto la caída formal de Dilma Rousseff, que han visto incrementarse las protestas y su consiguiente polarización (para no ir muy lejos, en plena ceremonia del domingo en Maracaná, el reverso de una guitarra de la banda Nación Zumbimostró un mensaje en contra del presidente Michel Temer), que han visto crecer todavía más los alcances del escándalo de corrupción de Petrobras, que han visto incluso más discutido al otrora héroe nacional Lula da Silva.

En medio de las decoraciones paralímpicas que se retiran y del tráfico que al fin se ha reestablecido tras buenas semanas de restricciones, en medio de personal televisivo y logístico que ya se va de la llamada Cidade Maravilhosa, en medio de nostalgia e incomprensión por cuanto pasó desde 2013 con la Copa Confederaciones en tres años sin tregua deportiva ni política, van brotando noticias con un peso simbólico muy especial por reflejar la resaca que ahora inicia y las promesas que ya no verán realidad.

Por ejemplo, que por falta de recursos se suspenderán los trabajos de rehabilitación de las lagunas cercanas al Parque Olímpico en Barra de Tijuca. Ya de por sí putrefactas, al grado de propiciar que cuantos estuvimos cerca nos hayamos habituado a un desagradable hedor a letrina, tuvieron que estar limpias desde mucho antes de los Juegos y ahora sabemos que no lo estarán ni varias décadas después.

El problema de las aguas cariocas se ha debatido ampliamente: tanto la bahía de Guanabara como las diversas lagunas, reciben directamente los desechos sin mayor filtro o barrera ecológica. En ellas hubo competencias y ni eso bastó para que resultaran saneadas. Ahora, justo en el día después, Río de Janeiro se resigna a que el tiempo pasará con sus aguas llenas de millones de porquerías y bacterias.

De a poco aflorarán más temas y es de esperarse que la Villa Olímpica, de tan bello trazado por el despacho arquitectónico Burle Marx, revele errores en sus acabados internos; tal como cuando arribaron los atletas olímpicos a fines de julio, tal como cuando lo hicieron los Paralímpicos a fines de agosto, para toparse con caos de plomería y cables sueltos.

Es el día después y si ya hubo problemas graves en todo momento del previo y en buena parte del durante, es de esperarse que se multipliquen en este aciago post; aciago y, también, temido; temido, pero tambiénprevisible.

Twitter/albertolati