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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Tokio 2020 ha hecho un importante ajuste que tiene que servir de lección para las siguientes sedes olímpicas: que el evento se amplíe por el territorio nacional tanto como sea necesario para aprovechar la infraestructura existente.

Sobre todo, tratándose de países de un tamaño y nivel de movilidad como el de Japón (algo similar pudo aplicarse en Londres 2012; no tanto en Beijing 2008 y Río 2016, en los subcontinentes que constituyen China y Brasil).

La oferta inicial japonesa era que 28 de sus 31 instalaciones se ubicarían a menos de 10 kilómetros de la Villa Olímpica, algo muy deseable y favorecedor para varios factores: comodidad de los aficionados, perímetros y operativos de seguridad, logística y ambiente, traslados de atletas y oficiales. No obstante, al Comité Organizador nipón no le ha quedado más opción que modificar ese planteamiento, toda vez que estamos aún a cuatro años del inicio y el presupuesto ya se multiplicó casi por cuatro: de los 700 millones de dólares originales, se escaló a dos mil 600 millones y es esperable seguir para arriba.

Así que Tokio 2020 sacará de esa capital a disciplinas como baloncesto, ciclismo, taekwondo, más algunos deportes acuáticos.

Sí: en el mundo ideal, quisiéramos parques olímpicos que aglutinaran más del 70 por ciento de la actividad (Londres 2012 lo consiguió entre el parque central y el vecino centro ExCeL); en el mundo práctico, empero, es preferible perder eso y evitar la construcción de tanto elefante blanco.

Eso sí, me sorprende con el alto grado de precisión y planeación que suelen ser sinónimos de la cultura nipona, se estén dando tantos bandazos en este camino; lo de la sustitución del logotipo por presuntamente plagiar al del teatro de Lieja, lo del diseño del estadio por resultar muy caro, ahora estas modificaciones.

A Tokio 2020, por muy Japón y futurista urbe que sea, le pasa que los Olímpicos de nuestros días demandan sustentabilidad y sentido de futuro. Así, no hay razón para destinar millones de dólares a un nuevo velódromo estelar en la capital, cuando existe otro que apenas se utiliza a un par de horas en tren.

La votación para la sede de 2024, de la que ya se ha caído Roma, se efectuará en un año. Los aspirantes harán bien en ser sinceros y ofrecer lo que más conviene a sus presupuestos, que no siempre es lo que más quieren escuchar los delegados que eligen. Eso, o una vez asignada la sede, sin duda volveremos a observar cambios como los de Tokio.
Twitter/albertolati