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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

La buena, es que Tokio 2020 ya tiene aprobado un proyecto de estadio olímpico tras la cancelación por caro del anterior y que, de hecho, incluso se anuncia su finalización para noviembre de 2019. Si de algo podemos estar seguros, es de que la capital japonesa será más puntual que ninguna otra ciudad sede en sus preparativos.

La mala, que los preparativos siguen subiendo su volumen de costo y que es factible que estemos ante el final de un concepto que fue maravilloso pero, acaso, ha caducado: el Parque Olímpico.

En todas las ediciones de Juegos Olímpicos de verano de las últimas tres décadas, buena parte de la actividad deportiva se ha centrado en un solo complejo. Si en Río 2016 pudimos ver en un radio de pocos metros gimnasia, natación, baloncesto, clavados, taekwondo y tenis, añadamos a eso que en Londres 2012, Beijing 2008 y Atenas 2004 inclusive era posible presenciar en el mismo parque muchas de esas disciplinas y también las mediáticas pruebas de pista y campo.

Pero digo que quizá ha caducado, porque Tokio 2020, en una batalla por aplacar los costos que inevitablemente van subiendo, sacará muchas pruebas de la ciudad (con lo cual coincido; ya he dicho aquí que no tiene caso erigir una gran instalación para una disciplina, cuando existe otra a una centena de kilómetros). Más aún, no tendremos un Parque Olímpico como tal; sí, en la denominada Heritage Zone, que busca retomar varios escenarios de los Juegos de 1964, hay siete inmuebles, pero por cercanos y vecinos que resultan, no constituyen un Parque Olímpico como tal.

Regreso al punto planteado hace unos días, con los recortes japoneses y antes con la salida de Roma de la carrera por el 2024: hace falta ajustar el concepto y si eso implica que nos quedemos sin Parque Olímpico, será entendible.

Ahora bien, hay otros puntos por los cuales comenzar: el Estadio Olímpico original, diseñado por la afamada firma londinense Gigi Hadid, estaba tasado en dos mil 500 millones de dólares, al tiempo que el ahora aprobado quedará en mil 500 millones. Es decir, sí se ha hecho un esfuerzo de austeridad, pero pudo ser mucho más grande.

Comprendamos que pocos estadios del mundo han costado más de mil millones de dólares. Por ahí podemos enlistar Wembley, el Metlife que comparten Gigantes y Jets en la NFL, el de los Vaqueros de Dallas, el del Arsenal, Maracaná (siempre que sumemos sus procesos de edificación, desde la primera remodelación para los Panamericanos 2007) y algunos otros. Por ello, Tokio pudo haberse aferrado a una cifra más baja, pero no quiso apretarse tanto el cinturón.

Ya después vendrá otro debate que tiende a sacar chispas: el del Centro Acuático que quizá ya no sea erigido, con lo que todas las pruebas de natación irían al pequeño Tatsumi.

Decisiones difíciles. La realidad es que los Olímpicos parecen haber tomado un camino sin retorno, cuyo beneficiario es quien vive en la ciudad sede.

Tokio había sacrificado la Villa Olímpica bajo pretexto de que 28 de 31 deportes se disputarían en un radio de 10 kilómetros. Al día de hoy, sabemos que eso tampoco será posible.
Twitter/albertolati