imagotipo

Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

  • Alberto Lati

Cuando el 9 de julio de 2006 salíamos del Estadio Olímpico de Berlín, todavía sin comprender la expulsión de Zinedine Zidane en el segundo tiempo extra e intentando digerir la coronación italiana con el penal decisivo de Fabio Grosso, no podíamos imaginar el periodo que se abría: nada menos que 24 años sin una Copa del Mundo en Europa Occidental.

El torneo había sido impecable: en euforia, ingresos, planeación, traslados por trenes y carreteras, alojamiento siempre en alguna localidad a tiro de piedra del estadio, tecnología, comportamiento de las aficiones desde las estaciones y plazas centrales hasta los epicentros de la competencia.

Quedaba cerca un Mundial parecido, el de Francia 1998, que a su vez veía en el retrovisor Italia 1990, que en su caso tenía detrás a España 1982 y así al infinito.

Jamás habían pasado más de ocho años sin que el oeste europeo albergara el certamen, aunque el recién instaurado mecanismo de rotación (justo llegó porque Alemania se metió en el camino de África para el 2010), dejaba claro que esta vez el retorno se pospondría más de una década: primero el balón iría finalmente a una Sudáfrica que apenas tuvo competencia de Marruecos y después a Brasil, que tendría oposición simbólica de Colombia rumbo a la conquista de la sede.

La historia daría un giro a fines de 2010: Rusia (y no Inglaterra, España-Portugal o Bélgica-Holanda) se quedaría con el 2018, a lo que seguiría la protestadísima Qatar para 2022 (y no EUA, Corea del Sur, Australia o Japón).

La nueva apuesta europea occidental tenía que ser 2026, con una salvedad: que Brasil es Sudamérica y Concacaf ahora tendría mano, además de que Rusia (por lejana geográfica o políticamente) pertenece a UEFA.

Todo un cuarto de siglo de espera para la única región del mundo que hasta llegó a organizar Mundiales consecutivos.

¿Qué pasará para 2026? Es tan claro, como cuando África tenía asignado 2010 o Sudamérica 2014: Estados Unidos tendrá tan escasa competencia como aquella Sudáfrica y aquel Brasil. Lo hará solo o acompañado y será su decisión. A México solo le queda convencer al vecino del norte de compartir el evento (en tal caso, la tercera final mundialista en el Azteca sería impresionante), pero no parece tan sencillo que eso suceda: ¿por qué compartir algo que, saben de sobra, nadie les puede quitar?, ¿por qué, si consideramos que su gasto –sobre todo en logística y seguridad– será el mismo compartiendo que no haciéndolo?, ¿por qué perder un pedazo de posicionamiento y consolidación de su marca como país?, ¿por qué ceder turistas y derrama económica?

La realidad es que la única genuina alternativa a Estados Unidos para 2026 nunca estuvo en Europa Occidental, era China e iba condenada por pertenecer a la misma confederación que Qatar, por mucho que la distancia de Doha a Beijing sean más de 6 mil kilómetros.

La rotación volverá. La única ventaja es que eso disminuirá el festival de los pagos ocultos de los procesos de votación para 2018 y 2022: a menos candidatos y más candados, menos sobornos millonarios en repartición.
Twitter/albertolati