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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Hay promesas que no hace falta escuchar para esperar que sean cumplidas. Por ejemplo, que Tokio 2020 ofrezca los Juegos más futuristas e innovadores de la historia. Tan futuristas, que incluso las siguientes sedes (de 2024, de 2028), tiendan a admitir con humildad que los avances proyectados por los japoneses al paso del tiempo se mantuvieron inalcanzables, como muchos todavía asumen que lo puesto en escena en la inauguración de Beijing 2008, continúa estando en otra altura y nivel de posibilidades.

El anterior párrafo puede chocar con buena parte de la información manejada durante el último mes en relación con los Olímpicos tokiotas: austeridad, recorte de presupuesto, falta de consenso para siquiera definir sedes, cierto desorden, amenazas con llevar competencias a 400 kilómetros de esa capital o incluso hasta la vecina (pero separada por agua) Corea del Sur. Un caos difícil de vincular con los rasgos de impecabilidad que se suponen a la cultura nipona y con esos sueños de unos Olímpicos de máxima vanguardia.

En todo caso, al fin empezamos a toparnos con el tipo de información con que se soñó desde que en septiembre de 2013 Tokio ganó la sede a Madrid y Estambul. Por ejemplo, que ese coche aéreo, propio de la caricatura de los Súper Sónicos y fantasía de todos quienes en las grandes urbes gastamos horas diarias frenados en el tránsito, sería estrenado en plenos Olímpicos de 2020. No solo eso, la especulación de que desempeñará un rol estelar en el encendido del pebetero.

Si una llegada del fuego de Olimpia al estadio resultó simbólica, sin duda fue la de los Juegos de Tokio 1964, cuando el atleta Yoshinori Sakai, nacido en Hiroshima precisamente el 6 de agosto de 1945, día de la caída de la bomba atómica, recibió el honor.

Ese mismo pebetero (pulido una vez al año por el hijo de su escultor) se mantendrá de forma testimonial en el nuevo escenario a erigirse sobre el espacio donde estuvo el Estadio Nacional. Seguramente no será el que se utilice: la tradición es importante, pero más la necesidad de impresionar e innovar.

Bajo esos últimos conceptos, qué mejor que el coche aéreo, si, como esperan sus diseñadores, de aquí a 2020 se perfecciona y hace viable.

Sería el primer gran impacto tecnológico de Tokio en sus Olímpicos. El primero de muchos, tal como sin haberse dicho, con la sola mención de Japón como anfitrión, se nos prometió.

Twitter/albertolati