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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Tokio 2020 eleva su expectativa de vanguardia a cada día; poco menos de cuatro años nos separan de la inauguración de esos Juegos, lapso que da como para que nuestra capacidad de asombro se modifique y adapte a nuevos parámetros.

Como sea, si los próximos Olímpicos logran consumar algunos de sus planes, dejarán un estándar de futurismo difícil de igualar. Hace unos días, hablaba en este espacio del desarrollo del coche aéreo, al más puro estilo de la caricatura de los Súper Sónicos, a fin de involucrarlo en algún momento cumbre de la apertura (quizá, el encendido del pebetero). Ahora, crece la posibilidad de que en Tokio 2020 podremos presenciar por primera vez en la historia estrellas fugaces hechas por el hombre. Esto se conseguiría mediante un satélite, del cual se desprenderían partículas visuales dirigidas con precisión hacia el Estadio Olímpico.

Según describen los especialistas que desarrollan esta tecnología, hasta en un diámetro de 200 kilómetros podrá apreciarse la entrada en la atmósfera de esas estrellas, mientras descienden y cambian de color; como para quedarnos sin palabras.

Japón pretendía utilizar el Mundial 2002 para reafirmarse como máxima potencia en generación de tecnologías, patrón que en los años 80 le perteneció y en los 90 le fue discutido. Parte de su promesa al buscar la sede, era desarrollar una realidad virtual que permitiera seguir los partidos en estadios diferentes a los que albergaban el juego. Todo eso quedó archivado cuando la FIFA prefirió compartir la sede con Corea del Sur, haciendo que los dos co-anfitriones se sintieran ligeramente defraudados y menos motivados a exhibir su músculo creativo.

18 años después, su intención es mostrarse en esa dimensión. Si se materializan proyectos como el de los coches aéreos o las estrellas fugaces hechas por el hombre, nadie duda que los nipones habrán retornado a ese máximo escalafón en el concierto internacional de la vanguardia. Todo un paso requerido por su cultura, por sus industrias, por sus universidades, tras haber sentido que se rezagaban en los últimos años.

Como sea, y más allá de los problemas para definir instalaciones olímpicas que se alargan mucho más de lo que debieran, más allá de los intentos de controlar un presupuesto disparado, Tokio 2020 cumplirá con lo que todos nos imaginábamos al escuchar que perseguía la sede: impresionarnos, adelantar el futuro una buena cantidad de años.
Twitter/albertolati