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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Un camino lleno de tentativas de boicot: si por la amenaza de contagio del virus del zika, si por los riegos para los atletas que compitan en la contaminada bahía de Guanabara, si de la delegación rusa por sentirse perseguida en materia de dopaje, incluso por la inseguridad en las calles de Río de Janeiro.

Muchas tentativas, pero apenas esta semana hemos tenido la primera apegada al sentido original del boicot, que es el político.

Diversas voces de izquierda, muchas de ellas latinoamericanas, han solicitado a sus gobiernos que impidan la participación de sus deportistas en un país que, consideran, ha sufrido un Golpe de Estado con la caída de Dilma Rousseff de la presidencia. Al tiempo, los círculos más cercanos a Lula da Silva y la propia Dilma, han negado que pretendan convencer de ello a delegaciones como la cubana, venezolana o boliviana, pero cierta presión se mantendrá en ese sentido.

Eso nos permite recapitular: los boicots olímpicos son tan antiguos como los Juegos mismos (es decir, al menos dos milenios y medio de existencia). Ya en la vieja civilización griega, determinadas Ciudades-Estado renunciaron a acudir a algunas justas atléticas en Olimpia. Hay testimonios de que hacia el año 420 a.C., los espartanos se negaron a competir en represalia contra los elianos, habitantes precisamente de Olimpia, que se habían aliado a sus enemigos atenienses. Por esa misma época, Atenas también intentó boicotear unos Juegos debido a que uno de sus atletas fue acusado de efectuar trampa en un pentatlón.

Ya en la era moderna, hubo amenazas desde un principio, siendo el caso más sonado el de Berlín 1936 por las leyes antijudías y la represión nazi (vergonzosamente no se hizo y todos fueron comparsas del festival de Hitler).

El boicot se convertiría en realidad durante los Olímpicos de Melbourne 1956: países árabes se ausentaron en protesta por la invasión de Egipto durante la Crisis del Canal de Suez, al tiempo que España y Holanda lo hicieron por la intervención soviética de Hungría, y China por la admisión como miembro olímpico de Taiwán.

Para Montreal 1976 creció el volumen: 22 naciones africanas se sumaron al boicot, luego de que Nueva Zelanda recibiera a la selección de rugby de la Sudáfrica del apartheid y no fuera castigada por el COI. Ya en Moscú 1980, la cifra se elevó a no menos de 60, en contra de la entrada soviética a Afganistán, situación que se vengó en Los Ángeles 1984, con más de quince boicots comandados desde el Kremlin. La racha terminó en Seúl 1988, cuando no acudieron menos de diez delegaciones aliadas de Corea del Norte (por ejemplo, Albania y Cuba).

Río de Janeiro 2016 ha sido mencionado como blanco de muy diversos boicots, aunque sería una gran sorpresa que alguno de ellos se consumara. Si algún atleta aislado no acude por determinada situación (la contaminación de Guanabara o el zika), no será un boicot sino una decisión personal. Si un país completo lo hiciera, se trataría de algo distinto, y no parece que eso vaya a suceder.

Twitter/albertolati