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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

La primera norma que habría de plantearse para erigir un Estadio Olímpico es permitirle altas dosis de flexibilidad sin que eso implique adicional gasto.

En el plano ideal, que el inmueble permita lo mismo partidos de deporte de conjunto que pruebas de pista y campo, al tiempo que siga siendo idóneo para albergar conciertos o actos multitudinarios ajenos al deporte.

Descripción, la anterior, casi opuesta a lo que Londres 2012 consiguió con su escenario principal. Ya hemos explicado en este espacio que la adaptación del Estadio Olímpico a casa del West Ham, implicó no menos de 470 millones de dólares: monto que bastaría para construir desde los cimientos, con todo y compra de terreno, un nuevo estadio.

No obstante, a esa cifra se debe añadir que el escenario ya había costado originalmente más de 700 millones de dólares. Así, la simple suma de las dos cantidades permite afirmar que una instalación para 60 mil personas y sin elementos futuristas o espectaculares, está en la lista de los estadios más caros de la historia. El de los Vaqueros de Dallas y tantos Gigantes como Jets en la NFL, el de Wembley en la misma urbe londinense, lucen muy distintos y mucho más imponentes, pero no implicaron un desembolso muy diferente.

El próximo año Londres recibirá ahí los Mundiales de atletismo, con tanta emotividad y nostalgia a cinco años de sus Olímpicos, como para que UsainBolt utilice ese marco como fecha de retiro. El problema es que 470 millones de dólares después, el estadio ya ha sido adaptado a futbol; sí, en esa remodelación se garantizó lo que tenía que haberse garantizado desde un principio: flexibilidad, aunque en todo caso nada que deje lucir al Estadio Olímpico en los próximos Mundiales como sede específica para pruebas de pista y campo.

Luego vendrá el siguiente problema: que así como en 2015 atrás albergó partidos del Mundial de rugby, para 2019 se pretende que lo haga con el Mundial de criquet (su ubicación cercana a amplias comunidades de la India, Pakistán y Bangladesh, lo convierten en sede idónea). ¿Cuál es el problema? Primero, que el West Ham paga un bicoca por ser local ahí, pero necesita el escenario. Y segundo, que existen muchas instalaciones más en Londres para ese deporte, empezando por Lords, donde se ha jugado cricket desde hace más de dos siglos (como para rugby está Twickenham y para futbol hay múltiples opciones: Wembley, Emirates, Stamford Bridge, la próxima casa del Tottenham).

En resumen, fue un gran proyecto desarrollar al este londinense por medio de esos Juegos de 2012, aunque la idea superó a la ejecución. Hoy sigue devorando fondos públicos un estadio al que falló de inicio el ingrediente primordial: ser flexible sin que el cambio de cara implicara relevante costo.

Tokio 2020 pretende escapar de esa equivocación. Ya veremos si lo consigue, porque Brasil con las adaptaciones de Maracaná no ha parado de gastar –y eso, sin que siquiera haya sido sede de las pruebas de atletismo de Río 2016.
Twitter/albertolati