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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Cuatro Copas del Mundo consecutivas en países en vías de desarrollo o, al menos, ajenos a Europa occidental, han hecho que nos acostumbremos a tener por tema de debate que la sede será llevada a otro sitio.

Sucedió con Sudáfrica rumbo a 2010 y Brasil de cara a 2014, sucede ahora de camino tanto a Rusia 2018 como a Qatar 2022.

Hoy, en particular, se mantiene el criticismo hacia Rusia como anfitrión. Por el dopaje de Estado desenmascarado en un extenso reporte del abogado Richard McLaren; por el hooliganismo y racismo tan constantes en los estadios de este país; por medidas de su gobierno, como la expansión hacia Crimea, Ucrania o Georgia; en protesta por la denominada ley anti propaganda gay; por demoras en proyectos de estadios e infraestructuras; por varias razones más.

Guste o no, la realidad es muy sencilla: la sede mundialista no será quitada a Rusia y en ningún momento se ha considerado hacerlo; incluso en las campañas de los diversos candidatos a la presidencia de la FIFA, no fue siquiera un tema el cambio de hogar para el torneo de 2018.

Desde medios estadounidenses y británicos ha crecido la presión para despojar a los rusos del Mundial, aunque tengo claro que, más allá de contribuir a generar cierta conciencia sobre situaciones que acontecen en el mundo, no irán a nada más.

Parece curioso (y prueba del racismo imperante) que de los cuatro países arriba mencionados, la posibilidad más real para modificar la sede, se dio en contra de Sudáfrica en 2010; eso, pese a haber tenido una mucho mejor planeación que Brasil en 2014. Al tiempo, la presión más alta ha acontecido ante el certamen de concesión más dudosa y corrupta, como lo fue el de Qatar 2022. Como sea, el tiempo avanza y ningún síntoma mejor para las naciones sede que ese.

A año y medio del inicio de Rusia 2018, luce imposible que ese Mundial se vaya a otro lado. Con Qatar 2022 acercándose, también se aleja una opción de cambio que en cierto momento pareció muy viable; sobre todo cuando Joseph Blatter decidió hacerlo, pero se topó con que las autoridades de ese país sabían demasiado de sus trapos sucios, como para desafiarlas.

En el fondo, hay algo de la desconfianza hacia lo distinto, hacia salirse de los países y culturas habituales; pero también, hay razones sólidas que en un análisis objetivo tendrían que implicar una modificación de anfitrión; sobre todo cuando los Derechos Humanos son tan contundentemente avasallados.
Twitter/albertolati