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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

No es que el olimpismo vaya a extrañar a Usain Bolt en cuanto se retire: es que ya lo extraña incluso antes de haberse ido.

El vacío que el velocista jamaicano dejará en el universo de pista y campo, en el contexto olímpico, parece imposible de ser llenado.

Sí, estamos en una era demasiado proclive a catapultar estrellas y posicionarlas en auténtica idolatría. Sí, mentiría quien pudiera calcular cómo sería hoy la relación del aficionado de todo el mundo con glorias como JimThorpe, Emile Zatopek o PaavoNurmi. Sí, la inmediatez y magnitud de las comunicaciones hacen más profunda la adicción por un deportista de esas proporciones.

Como sea, lo de Usain es irrepetible porque nunca nadie ha hecho lo que él hizo: sus tres triples consecutivos, sus récords deglutidos, su carisma, su performance en que convirtió cada actuación.

Quien venga después competirá en vano contra ese fantasma. Ganar tantas veces como logró Bolt, será difícil. Ganar con la pasmosa facilidad y gracias con que lo consiguió Bolt, será imposible.

En una carrera que apenas da tiempo para unos cuantos suspiros, este relámpago hallaba espacio para vislumbrarse en la pantalla del estadio, para alzar el dedo a un aspirante a su trono que se le había acercado demasiado, para festejar mucho antes de la meta.

La epopeya terminará en agosto del año que está por comenzar, en el Estadio Olímpico de Londres. Bolt sólo correrá los 100 metros y el relevo en los Mundiales de Atletismo, precisamente ese certamen en el que, en pleno auge de su carrera, justo cuando podía demoler todo récord, fue eliminado de los 100 metros en Daegú 2011 por una salida en falso.

Tras Londres 2017, donde es de esperarse que añada otros dos oros al palmarés más imponente en la historia del atletismo, Usain Bolt se retirará.

Nos quedan entonces pocos meses para disfrutarlo, al cabo de los cuales procederemos a la añoranza; añoranza que ya comenzó incluso desde antes de su adiós definitivo a las pistas.

Twitter/albertolati