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Desde Tierras Olímpicas

  • Alberto Lati

Trayecto por el Metro londinense del centro al este de la ciudad, desde la Trafalgar Square donde había sido la entrevista exclusiva hasta el Parque Olímpico, con una respuesta atorada en mi mente: “no sé como va a ser mi vida a partir de ahora; no estoy seguro de qué es lo que haré desde ahora o qué esperar”.

Frase dicha por quien ya era en ese momento el atleta olímpico más exitoso de la historia y quien, justo desde esa jornada, ya podía considerarse un ex deportista, cuya carrera ya se conjugaba en pasado y sus gestas en fueron.

Michael Phelps me lo decía intentando hacer énfasis con sus dos inmensas manos; buscando recalcar que por ovaciones y honores que se le concedieran, estaba entrando en un momento muy complicado. ¿Quién iba a ser Phelps a partir de ese instante?

Una estación, Holborn. Otra estación, St. Paul’s. Una más, Liverpool Street. Y la respuesta rebotando: “Supongo que mi vida estuvo tan estructurada por tanto tiempo, hubo una estructura fija en mi vida por veinte años –despertarme temprano, irme a la piscina, tomar una siesta, comer, trabajar de nuevo, regresar y dormir–, que será raro acostumbrarme”.

Por ello no me sorprendió que Phelps estuviera de vuelta cuatro años después en Río 2016. Por ello tampoco debíamos extrañarnos ante la crisis desatada, ante sus excesos y salidas de control. A quien le dijeron qué hacer desde que tuvo uso de razón, era imposible dejarlo tan repentinamente (y con tanta fama) a la deriva.

Un gran artículo publicado por el New York Times poco antes de la apertura de Río, relataba esa transformación: el mismo Michael que vivió tan absorto y aislado sus ciclos olímpicos que ni siquiera sabía los nombres de sus compañeros en los relevos, tras el retiro era otro: había estado integrado como uno más a una clínica de rehabilitación, se había casado y tenía un bebé con el que lograba comportarse como un padre normal, efectuaba trabajo social e incluso bromeaba subiendo a redes sociales fotos cortándose el cabello.

Phelps volvió a Río 2016 no porque requiriera más medallas o mayor leyenda, que su sitio en lo más alto del Olimpo era indiscutible desde Beijing 2008. Phelps fue a Río porque tenía que retirarse de otra forma, ahora que había hallado certezas, ahora que encontraba el sentido y, por ende, su futuro.

Por eso cada una de sus brazadas en el Centro Acuático de Barra de Tijuca, con su bebé como inconsciente testigo, me devolvió a ese trayecto en Metro: porque el tiburón de 2016 era el mismo que el de 2012 en competitividad y genio; pero su sustancia y entereza era otra.

Twitter/albertolati