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Desde tierras olímpicas / Alberto Lati

  • Alberto Lati

Una clara muestra de que estos Juegos se convirtieron en un gran pretexto para exacerbar el nacionalismo, es que para los atletas refugiados o involuntariamente exiliados, sea necesario permiso para competir bajo una bandera neutral.

Hoy la medalla parece acreditada al país y no a la persona, los atletas se convierten en soldados deportivos dentro de esa variante simbólica de la guerra, las banderas y los himnos han copado todo. No obstante, este tema, el de la politización y manipulación, es ya viejo.

Vale la pena mencionar que en los antiguos Olímpicos existía algo similar. Cada ganador era agasajado por su tierra, al verse en sus gestas una manera de probar la superioridad o alcance de cierto pueblo. Eso cambió justo al renacimiento de los Olímpicos, cuando no era necesario que algún comité nacional inscribiera al deportista; llegaban y competían por su parte, para gloria propia y no comunal. Inclusive, muchos subieron a podios en deportes de conjunto con equipos conformados por participantes de más de un país.

Desatada la Guerra Fría, todo se complicó. Si un atleta había dejado su país de origen por oposición al régimen o por temer por su integridad, no obtenía autorización para competir. Barcelona 1992 abrió esa pauta, con deportistas de la Yugoslavia que se estaba desmembrando o de la recién desaparecida URSS que todavía no se entendía en lo que se convertía. Lo más lógico fue hacerlos desfilar bajo la bandera olímpica, iniciativa que (como el ritual del recorrido de la actual antorcha) estaba ligada a la Alemania nazi.

El antecedente es así: los Olímpicos de invierno de 1940 se cancelaron por la irrupción de la Segunda Guerra Mundial, pero Alemania iba a ser la sede y prohibió que los atletas checoslovacos fueran inscritos por un país anexado por el ejército nazi, dándoles la opción de hacerlo con el lábaro de los cinco aros. Esos Olímpicos no existieron, mas dejaron la idea (¡de quién viene esa iniciativa interpretada como pacífica e integradora!) que décadas después se retomaría en Barcelona.

Esto ha ido variando de países y circunstancias. Deportistas de Timor Oriental, de Sudán del Sur, varios atletas europeos durante el boicot de Moscú 1980, y ahora los refugiados, cuando su cifra en el planeta es mayúscula.

Sería sensacional que todos compitieran bajo esa bandera y que las glorias de cada cual fueran meramente individuales. Sin embargo, como ya hemos visto, en tres mil años de olimpismo casi nunca ha sido así. Por eso resulta necesario inventarse esa opción de participar bajo bandera olímpica para los que no tienen patria o posibilidad de identificarse con alguna.
Twitter/albertolati