imagotipo

Desde tierras Olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Una idea romántica y, sobre todo, ilusa. Idea que, sin embargo, da sustento moral y cultural a cada edición de los Juegos Olímpicos.

La semana pasada, en una declaración casi de rutina, la Asamblea General de la ONU aprobó por mayoría abrumadora (180 de 193 votos totales) la instauración de la Tregua Olímpica para el periodo que abarca la duración de Río de Janeiro 2016.

Lo anterior, bajo la lamentable certeza de que actualmente hay al menos unas quince guerras en el mundo y que lo esperable es que la mayoría de ellas sigan abiertas para cuando llegue la inauguración (o, peor aún, que se abran nuevos frentes en diversos puntos del planeta). Es decir, que lo que se dice Tregua Olímpica, no existirá en estos Juegos, como no la ha existido jamás desde que en 1896 renacieran en Atenas.

Los antiguos griegos estipulaban que la Ekecheiria (literal, Lapretón de manosa) obligaba a toda guerra a frenar tres meses antes de los Olímpicos y a no reanudar hasta tres después de su finalización. Así, competidores, aficionados y curiosos en general, podían desplazarse tranquilamente a Olimpia para vitorear o competir. Así, se erradicaba el riesgo de ser atacado durante el camino. Y, más importante, así ya no había temor por dejar al pueblo natal sin sus individuos más fuertes, ante la amenaza descartada de invasión.

Que se sepa, solo una vez fue violada la Ekecheiría. El historiador Tucídides narra que los atletas espartanos resultaron excluidos de los Olímpicos dado que su ejército atacó la ciudad de Lepreon en épocas cercanas a los Juegos. Los espartanos protestaron que la tregua todavía no había empezado, pero nadie los salvo ni de la suspensión ni de la consiguiente multa.

Cuando en 2004 los Olímpicos volvieron a Atenas, Giorgios Papandreu, ministro de Relaciones Exteriores (y años después muy criticado primer ministro), me explicaba que )si el mundo es capaz de tener paz por dieciséis días, quizá, solo quizá, sea capaz de tenerla para siempre”. Una frase contundente que puede resumir ese ideal. Frase, que como el ideal mismo, está fuera de la realidad: porque no habrá genuina paz mundial en esos dieciséis días y, duele resignarse, mucho menos en definitiva.

Twitter/albertolati

/arm