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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

En ocasiones, la diferencia entre considerar algo como propaganda o como humanista reivindicación, es si uno concuerda con la causa promovida.

Me explico. El capitán de la selección sueca de balonmano pretendía portar la bandera gay como gafete en el brazo, en protesta ante la prohibición de matrimonios homosexuales por parte del Parlamento polaco. Esto, en el partido que sostendrán estas dos selecciones en el torneo preolímpico.

Debo confesar que, con base en mi forma de pensar (espero que respetable, como debe de ser quien considere lo opuesto), en primera instancia me pareció un error haberle negado ese derecho.

Sin embargo, analizado en frío, creo que necesita ejercerse algún tipo de freno ante todo mensaje que busque utilizar al deporte para tareas o fines políticos (que, en este caso, eso es: una decisión política en el Parlamento polaco).

Creo en el derecho a contraer matrimonio por parte de personas del mismo sexo, pero dar pauta a ese gafete es hacerlo también a multitud de causas en las que seguramente no creeré y que incluso llegarán a resultarme atroces.

Tiene que cerrarse la puerta a toda manipulación del deporte. El capitán sueco ya ha conseguido dar notoriedad y sonoridad a una circunstancia, lo cual habla muy bien de sus convicciones y certezas. Hasta ahí puede llegar su libertad de expresión. Lo del gafete incluso tomaba tintes de provocación.

No dudo que en el Mundial de Rusia habrá situaciones de ese género ante la absurda reglamentación anti-gay que impera en ese territorio. Ya en el Mundial de atletismo, celebrado en 2013 en Moscú, la atleta sueca Emma Green se pintó la bandera gay en las uñas. La Federación de Atletismo protestó ante su decisión, más allá de que las uñas son suyas y nadie tiene facultad para decirle cómo sí o cómo no decorarlas. Caso distinto, el gafete de capitán es parte del uniforme y no tiene por qué prestarse a lo que deseaba el jugador de balonmano.

A cada edición olímpica hay algún suceso de este género. Seguramente Río de Janeiro 2016 no será la excepción. Al final, cada cual lo verá como propaganda o como humanista reivindicación, dependiendo de sus propias convicciones.

Twitter/albertolati

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