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Desde tierras olímpicas | Alberto Lati

  • Alberto Lati

Tema más complicado difícilmente enfrentará el movimiento olímpico: si se autoriza a competir a atletas transexuales o intersexuales, siempre flotará la noción de que se está alterando la paridad indispensable para toda competencia; si no se hace, se estará incurriendo en una evidente y lamentable discriminación.

El Comité Olímpico Internacional está cerca de oficializar que un atleta transexual ya no dependerá de haberse realizado una cirugía de cambio de sexo para ser elegible en su participación olímpica. Tras acudir a reuniones con máximos expertos en la materia, se ha concluido que “el factor medular será el conteo de hormonas”; solo así se determinará si alguien nacido con un sexo puede competir con deportistas del sexo opuesto.

Antes de que Bruce Jenner, rebautizado como Caitlyn, a raíz de su publicitado procedimiento quirúrgico, acaparara las páginas de sociales en Estados Unidos, fue un gran decatleta que conquistó el oro en Montreal 1976. Su mediática historia ha sido un factor muy relevante en la parte final de este polémico camino.

Sin embargo, hemos tenido más nombres, muchos de ellos tristísimamente sometidos a humillaciones públicas. Recientemente la sudafricana Caster Semenya fue campeona del mundo y subcampeona olímpica en 800 metros; no obstante, su caso se convirtió en un circo mediático. Acusaciones, deslegitimaciones, invasiones a su privacidad, manipulación política por parte del oportunista Gobierno de su país, intromisiones respecto a su heterosexualidad u homosexualidad. Todo lo que no se tiene que hacer y el peor de los manejos de un tema tan sensible, lo padeció Semenya.

Ahora bien, no es algo nuevo. Ya rumbo a Berlín 1936 se desataron similares polémicas. Dos competidoras, que luego tornarían en hombres, tomaron parte y dieron pie al debate: ¿debían de instaurarse pruebas de género?

La situación se complica debido a que muchos atletas, como muchas personas (según algunas estimaciones, el uno por ciento), son intersexuales. La solución antigua sería excluirlos o, peor todavía, orillarlos a competir entre sí. La solución moderna tiene que ser regularlo.

Si los niveles de testosterona son suficiente indicativo para garantizar una justa competencia, excelente. Mucho mejor eso que discriminar y humillar.

El olimpismo suele sentar precedentes para muchas nociones, e incluso adelantarse a la política. Así como la igualdad, el reconocimiento a ciertos países, los derechos humanos, ahora debe de brotar del fuego olímpico el respeto a ese porcentaje de la humanidad.

Sencillo no es. Como dije, tema más complicado no enfrentará jamás el movimiento olímpico. Pero es muy positivo que tras asesorarse correctamente, se haya llegado a esta conclusión.

Twitter/albertolati

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